Jesucristo Rey del Universo

22 11 2009

Celebramos con la Iglesia militante, purgante y triunfante la Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, en la cual confluye en plenitud todo el año litúrgico y toda la historia del mundo.

No se puede comprender el sentido originario que esta fiesta tiene sino a la luz de lo que los Papas del siglo XIX y XX, uno tras otro, han venido denunciando con gran energía, relativo a lo que podríamos llamar el liberalismo y sus consecuencias: la secularización y apostasía del mundo moderno. Un breve repaso histórico nos ayudará a comprender un poco más la importancia capital de esta celebración y la razón por la cual fue instituida en nuestros tiempos.

El reconocimiento indiscutible de la realeza social de Cristo fue aquello que conformó la Europa de la Cristiandad medieval. Luego de la evangelización de los pueblos bárbaros se constituyó esta sociedad orgánica y estructurada como Civitas Dei, ciudad de Dios, con Cristo Rey como su cabeza. Este fue el cimiento sólido que sostuvo esos siglos de cristiandad y permitió aquel gran desarrollo filosófico, teológico y cultural.  Esto no lo digo yo. Cito un testimonio autorizado entre otros. Decía el Papa León XIII en su encíclica Inmortale Dei:

 «Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados; entonces, aquella energía propia de la sabiduría de Cristo y de su divina virtud había compenetrado todas las leyes, las inteligencias, las costumbres de los pueblos, impregnando todas las capas sociales y todas las manifestaciones de la vida de las naciones. Tiempo en que la religión fundada en Jesucristo estaba firmemente colocada en el sitial que le correspondía en todas partes, gracias al favor de los príncipes y la legítima protección de los magistrados; tiempo en que al sacerdocio y al poder social unían auspiciosamente la concordia y la admirable correspondencia de mutuos deberes. Organizada de este modo la sociedad, produjo un bienestar muy superior a toda imaginación. Aún se conserva la memoria de ello, y ella perdurará grabada en un sinnúmero de monumentos de aquellas gestas, que ningún artificio de los adversarios podrá jamás destruir u oscurecer» (nº 9).

Sin embargo, en el siglo XIV comienza lo que Karol Wojtyla, en Signo de Contradicción, llama el despliegue de una anti-palabra, que fue evolucionando y minando el principio y fundamento de aquella sociedad, reemplazando la realeza efectiva de Cristo por la Razón de Estado. Esta corriente de la autoafirmación del hombre como lo absoluto y en lo social como si el Estado fuese Dios, en un largo y complejo desarrollo culmina en las grandes y destructoras síntesis de los filósofos del siglo XIX (principalmente Kant y Hegel), pasando por la Revolución francesa. A través de este proceso se llega a constituir y consolidar una especie de «reinado social del liberalismo»: una sociedad que, a nivel de principios, declara la completa independencia de la libertad humana y niega, por consiguiente, toda autoridad superior al hombre, sea en el orden intelectual, político o religioso. Viene a ser una especie de naturalismo militante, un ateísmo práctico, una rebelión contra Dios. Así pues, rechazado el suave yugo de la realeza social de Cristo, el mundo ha caído en desorden y tinieblas, quedando cautivo bajo el poder del príncipe de este mundo, que es «homicida desde el principio» (cf. Jn 8, 44). San Juan lo dice explícitamente: «el mundo entero yace en poder del Maligno» (1 Jn 5, 18-19)

 Los grandes filósofos ilustrados han buscado un orden social nuevo, con fundamento en sus principios racionalistas y panteístas, una auto-redención inmanente y última que hará venir finalmente la paz social al mundo. Todos estos conceptos han sido tomados del cristianismo y asumidos en una visión inmanente, secularista y antiteísta. El marxismo, concretamente, no es sino la expresión histórica de un «mesianismo secularizado intrínsecamente perverso» (como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, nº 676). En estas grandes síntesis filosóficas de los siglos XVII, XVIII y XIX se encuentra una explicación coherente de la negación del orden natural en los regímenes democráticos actuales. Y también una explicación al fenómeno de la pérdida masiva de la fe en el occidente contemporáneo, especialmente en los países ricos. Las políticas en contra de la familia, y a favor de la eutanasia, el aborto y el homosexualismo son una muestra más de estas poderosas y perversas ideologías. Y es notable que esto lo saben pocas personas por no darse el trabajo de estudiar a estos filósofos de la modernidad (Descartes, Rousseau, Spinoza, Kant, Hegel y otros).

Pero la Sabiduría divina, revelada con toda plenitud en el Verbo encarnado, dice verdades muy diferentes. San Pablo escribe de Cristo: «Es necesario que Él reine» (1 Co 15, 25), y más adelante: «Cuando hayan sido sometidas a Él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel [al Padre] que le sometió todas las cosas, para que Dios sea todo en todo» (1 Co 15, 28). Pues ciertamente a nuestro Señor Jesucristo le ha sido dado ya «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18), y «su Reino no tendrá fin» (Lc 1,33).

Los Papas del siglo XX han hablado con fuerza y frecuencia de esta inmensa tragedia del secularismo laicista. Pío XI, previendo con toda certeza que, por el camino del «laicismo» o «secularismo», que separa la vida pública de la revelación cristiana y de la autoridad de la Iglesia, se llegaría «a la total ruina de la paz doméstica, al relajamiento de la unión y de la estabilidad de la familia, y finalmente, a la destrucción de la humana sociedad», presentaba en 1925 la profesión de la realeza de Cristo sobre las sociedades como norma necesaria y urgente para nuestro tiempo, afirmando que «nunca resplandecería una esperanza cierta de paz verdadera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de nuestro Salvador» (Enc. Quas Primas). Y añade algo hoy muy ignorado, e incluso negado, que tiene más validez aun para los cristianos, en especial para los fieles laicos de nuestro tiempo: «Ciertamente sería responsabilidad de los católicos preparar y apresurar con su actividad y su trabajo aquel retorno de la sociedad humana a Cristo; pero las más de las veces no parecen estar presentes en la vida social con aquella autoridad de que no deberían carecer los que tienen en su mano la antorcha de la verdad. Esto hay que atribuirlo a la indolencia y timidez de los buenos, que se abstienen de la resistencia, o que resisten blandamente: de donde se sigue necesariamente el que los enemigos de la Iglesia actúen con mayor temeridad y audacia. Pero si todos los fieles entendiesen su deber de combatir con esfuerzo y constancia bajo la bandera de Cristo Rey, ciertamente se aplicarían con celo apostólico a reconciliar con Dios los espíritus hostiles o ignorantes y se esforzarían por defender incólumes sus derechos» (ib. nº 25)

En este mismo documento, el Papa Pío XI instituye la Solemnidad Litúrgica de Cristo Rey pues «…al hacer esto no sólo colocamos a plena luz la soberanía que Cristo tiene sobre todo el universo, sobre la sociedad, tanto civil como doméstica, y sobre los individuos, sino también sentimos de antemano el gozo de aquel día lleno de presagios en el que todo el orbe gustosa y voluntariamente obedecerá el suavísimo dominio de Cristo Rey» (ib.).

Por tanto, el sentido de la Solemnidad que celebramos es, pues, afirmar el sometimiento de todas las cosas, las del cielo y, sobre todo, las de la tierra —la cultura, la economía, la política, la historia y la humanidad entera—, a Cristo Rey, en un momento histórico en que el mundo occidental pretende haber alcanzado su mayoría de edad, precisamente al liberarse del yugo de la Iglesia Católica. Proclamamos con esta festividad que lo que celebramos hoy litúrgicamente acontecerá, esto es, que el mundo entero, individuos y sociedad, se someterá a Jesucristo.

Dice el Concilio Vaticano II que «con la Encarnación del Verbo eterno, la plenitud de los tiempos ha llegado a nosotros, y la renovación del mundo está irrevocablemente decretada» (LG 48). Tal es el fin que la Revelación anuncia y asegura: «El reino de este mundo ha llegado a ser de Nuestro Señor y de su Cristo, y reinará por los siglos de los siglos» (Ap 11,15). Entonces «Dios fijará su tienda entre ellos y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios estará con ellos como Dios suyo, y enjugará toda lágrima de sus ojos, y la muerte no existirá ya más, ni habrá ya más duelo, ni grito ni trabajo.» (Ap 21,3-4). Así se cumplirán las palabras de nuestro Señor Jesucristo: «He aquí que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). Por eso, nuestra esperanza debe estar puesta en estas palabras que expresan lo que forzosamente ha de suceder en la historia del mundo. Es una realidad que no tiene vuelta, aunque nos parezca que el mundo camina hacia un fin contrario. «Reinaré a pesar de mis enemigos», decía el Corazón de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque.

La Virgen Santísima, por obra del Espíritu Santo, es la Madre que nos entrega al Rey de un Reino nuevo y eterno, terreno y celestial. Ella, como dice el Vaticano II, «de la misma manera que, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es imagen y principio de la Iglesia que habrá de tener su cumplimiento en la vida futura, precede con su luz al peregrinante Pueblo de Dios como signo de esperanza cierta y de consuelo hasta que llegue el día del Señor (LG 68). Esas palabras nos recuerdan aquellas de San Luis María Grignon de Montfort: «Por medio de la Santísima Virgen vino Jesucristo al mundo y por medio de Ella debe también reinar en el mundo (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, I, 1)

Celebremos, por tanto, esta Solemnidad llenos de profunda alegría y esperanza en que llegará pronto el día en que todo tendrá a Cristo por Cabeza, lo que está en el cielo y lo que está en la tierra (cf. Ef 1, 10). Encomendémonos a la Reina del Cielo y a todos los Santos. Que ellos nos alcancen la gracia de orar y trabajar sin descanso por la instauración del Reinado de Cristo en las almas y en toda la sociedad. A Él sea el honor y la gloria en la Iglesia y en el mundo por los siglos de los siglos. Amén

P. Petrus Paulus Mariae Silva


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