El santo hábito

4 01 2010

 

Código de Derecho Canónico

Canon 284.

Los clérigos han de vestir un traje eclesiástico digno, según las normas dadas por la Conferencia Episcopal y las costumbres legítimas del lugar.

Canon 669.

1. Los religiosos deben llevar el hábito de su instituto, hecho de acuerdo con la norma del derecho propio, como signo de su consagración y testimonio de pobreza.

2. Los religiosos clérigos de un instituto que no tengan hábito propio, usarán el traje clerical, conforme a la norma del canon 284.

Si atendemos a la literalidad de estos dos cánones comprobamos que no muestran  una posibilidad sino que expresan una obligación “han de vestir un traje eclesiástico digno” “deben llevar el hábito” . La realidad, sin embargo, es muy distinta, muchísimas órdenes religiosas han dejado de lado el uso del santo hábito, argumentando para ello cuestiones como la “inculturación” y relativizando hasta el extremo la importancia de su uso. En los sacerdotes, tanto regulares como seculares, ocurre un tanto de lo mismo.

Quizás, hoy más que nunca son necesarios los signos externos, vivimos en la sociedad de la imagen y de la comunicación, también comunicación no verbal,  una sociedad cansada de palabras del mundo y sedienta de testimonio verdadero.  ¿Cuántos sacerdotes y religiosos, vestidos como tales, no han tenido la experiencia de ser solicitados por la calle por personas desconocidas que les  piden confesión o necesitan ser escuchadas? y  ¿Cuántos laicos no se habrán sentido interpelados en su fe por la visible presencia de una persona consagrada o de un sacerdote en medio de un entorno laicista y pagano?

Cabría recordar que el santo hábito no es una simple vestimenta ordinaria, es una prenda sagrada que ha sido bendecida e impuesta en el contexto de una celebración religiosa, por razón de su singularidad. Vestir el santo hábito no sólo es un acto de obediencia a la Iglesia sino que es un acto de humildad y pobreza; no visto como yo quiero o  como el mundo quiere. Vestir esta prenda sagrada es una oración constante que clama  al propio religioso y al mundo entero que quíen lo lleva se ha consagrado al Altísimo. Es un testimonio silencioso pero muy elocuente.   Ser religioso y parecerlo es una prueba  de la coherencia tan demandada en nuestros días.  La realidad, tan tozuda, demuestra que aquellas órdenes religiosas más secularizadas son igualmente aquellas donde la crisis vocacional está más acentuada, la razón es bien lógica,  difícilmente un joven  decidirá ser religioso para vivir, de hecho, como un simple laico.

Si observamos a un niño especulando qué será de mayor vemos cómo muchos quieren ser futbolistas, o policías o bomberos, identificando, por los signos externos cada una de esas profesiones. Si cambiamos el equipaje de futbol, el uniforme de policía o el de bombero por ropa común, y si además cada cual se inventa sus reglas de juegos en el futbol, y cambiamos los roles de las otras dos profesiones ¿podría el niño, o cualquiera, tener referente definido de lo que es un futbolista, un policía o un bombero?.  Salvando las distancias, pues estos son modos para vivir , con la vida religiosa y sacerdotal, modos de vida, ocurre lo mismo,  la inculturación no puede significar perder la singularidad propia,  eso sería secularización y ya estamos viendo los resultados.

Afortunadamente, como muestran las fotografías, hay un  progresivo cambio de tendencia en las nuevas generaciones, deseosos de una vida religiosa íntegra.

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