Conversos ingleses (I): Alec Guinnes

29 05 2010

El famoso actor de cine, sir Alec Guinnes, converso al catolicismo, nos da un testimonio, de allá por los años 50, sobre la figura del sacerdote. Hoy día, cuando tantas falsas descalificaciones se han vertido sobre la «antigua» figura del sacerdote -que si era lejano, que si no estaba con el pueblo, etc.- este testimonio es una ráfaga de aire fresco del que, desgraciadamente, pocos de los sacerdotes «modernos» podrían presumir.

«La amistad con Cyril Tomkinson había hecho disminuir considerablemente mi anticlericalismo, pero no mi anti-romanismo. Entonces surgió la película del padre Brown… mientras rodábamos los exteriores en Borgoña, ocurrió algo cuyo recuerdo siempre constituye un placer para mí. Ni siquiera el hecho de no ir correctamente vestido como un sacerdote católico -porque, además de no haber estudiado el guión lo suficiente, había dado por obvias las indicaciones que este contenía- demostró ser impedimento alguno.

Una noche estaba previsto rodar en un pueblo situado en la cima de una pequeña colina, a escasa distancia de Macon… A unos tres kilómetros de allí, yo disponía de una habitación en un pequeño hotel que había en la estación. Al anochecer, aburrido y vestido de cura, tomé el serpenteante camino de arena que conducía al pueblo… al decirme que no me necesitarían durante por lo menos las cuatro horas siguientes, decidí regresar a la estación. Era de noche. No había andado mucho cuando oí unos pasos brincando detrás de mí y una voz aguda que me llamaba: «Mon pére!». Un niño de siete u ocho años me agarró de una mano y, estrechándola con fuerza, se puso a sacudírmela mientras hablaba sin tino. Estaba muy excitado y no paraba de saltar y dar brincos. Temeroso de asustarlo con mi pésimo francés, no me atreví a pronunciar palabra. A pesar de ser para él un total desconocido, obviamente, me había tomado por un sacerdote y confiaba en mí.  De repente, con un «Bonsoir, mon pére» y una rápida inclinación de cabeza, desapareció a través de un agujero en una valla. Mientras él volvía al hogar feliz y reconfortado, a mí me dejó con un extraño sentimiento de euforia y serenidad. Proseguí mi camino pensando que una Iglesia capaz de inspirar tanta confianza en un niño, de propiciar con tanta facilidad la cercanía de sus sacerdotes -aun siendo desconocidos-, no podía ser tan intrigante y horrible como a menudo se pretendía. Así comencé a desprenderme de unos prejuicios aprendidos y arraigados en mí desde tiempo inmemorial.» (tomado de Escritores Conversos, de Joseph Pearce).


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