Desacralización y secularización (II)

8 09 2010

Presentamos un extracto de la obra El Caballo de Troya en la Ciudad de Dios del famoso filósofo católico Dietrich von Hildebrand, del que ya hemos puesto algunos textos y al que Pío XII llamó «el Doctor del siglo XX en la Iglesia»

«Ahora nos referimos aquí a aquellos teólogos y demás que se oponen a la secularización, al relativismo y al naturalismo, pero que por un desprevenido optimismo están en peligro de ignorar y sucumbir ante los peligros de nuestro tiempo. No cabe duda de que aquí actúan algunas tendencias inconscientes. La legítima antipatía a todo esoterismo, a toda condescendencia paternalista hacia los laicos (especialmente si los laicos pertenecen a las clases más humildes), ha conducido en muchísimos casos a una desgraciada alianza con el ídolo de la igualdad que trata de destruir todas las estructuras jerárquicas. En su temor hacia el esoterismo o “prelatismo”, muchos sacerdotes consideran hoy día los rasgos culturales más valiosos de la Iglesia (como la atmósfera sacral de la liturgia) como un afán esotérico de retirarse del hombre sencillo. Están olfateando en todas partes menosprecio hacia el hombre de la calle, aristrocratismo anticristiano. Y, hasta cierto punto, extienden sus sospechas hasta la estructura jerárquica en general. Esta antipatía hacia el pontificalismo tiende a hacerles ciegos ante el grave peligro de indulgencia consigo mismos, y ciegos -sobre todo- ante el proceso de desacralización que caracteriza a nuestro mundo moderno. Parece que no se dan cuenta de la elemental importancia de lo sagrado en la religión. Y, así, embotan el sentido de lo sagrado y con ello minan y socavan la verdadera religión. Su enfoque “democrático” les hace menospreciar el hecho de que en todos los hombres que tienen anhelo de Dios hay también anhelo de lo sagrado y un sentido de diferencia entre lo sagrado y lo profano. El obrero o el campesino tienen este sentido, exactamente igual que el intelectual. Si el individuo es católico, deseará hallar en la Iglesia una atmósfera sagrada. Y esto seguirá siendo verdad, trátese o no de un mundo urbano e industrial. El individuo será capaz de distinguir entre el “arriba” esotérico y el “arriba” divino. No se sentirá oprimido, ni mucho menos, por el hecho de que Dios esté infinitamente sobre él, de que Cristo sea el Dios-hombre. Mira gozosamente a la Iglesia con su autoridad divina. Espera que todo sacerdote, como representante de la Iglesia, irradie una atmósfera distinta que la del laico de la calle.

Muchos sacerdotes creen que el reemplazar la atmósfera sagrada que reina, por ejemplo, en los maravillosos templos de la Edad Media o del barroco, en los que se celebraba la misa en latín, por una atmósfera profana, funcionalista, neutra y monótona, ha de capacitar a la Iglesia para encontrarse en amor con el hombre sencillo. Pero esto es un error fundamental. Será algo que no llene los más profundos anhelos de ese hombre. Le ofrecerá piedras, en vez de pan. Esos sacerdotes, en lugar de combatir la irreverencia (que se haya hoy tan difundida), contribuyen de hecho a difundirla más. (…)
La experiencia dirá a todo el que tenga ojos para ver y oídos para oír que un solo sacerdote santo atrae más almas para Cristo, especialmente entre las “personas sencillas”, que los que tratan de acercarse más al pueblo, adoptando una actitud que carezca del sello de su oficio sagrado. Michel de Saint Pierre ha presentado admirablemente esta realidad en su novela Los nuevos curas. Esos sacerdotes no hablan a lo más hondo del hombre. (…) Hablan tan sólo a un estrato superficial y secular del hombre. Podrán tener éxitos momentáneos, atrayendo más gente a la iglesia, incrementando la actividad parroquial. Pero no lograrán que la gente se acerque más a Cristo. Ni saciarán su profunda sed de Dios y de paz: de esa paz que el mundo no puede dar, de esa paz que sólo Cristo puede dar. Y el kairós nos llama a atraer personas hacia Cristo, no simplemente hacia la parroquia.»


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