Crisis de la vida religiosa

30 10 2010

No queremos dejar de hacernos eco del certero análisis realizado por el Arzobispo Jean Louis Brugués O.P. Secretario de la Congregación para la Educación Católica, sobre  la actual crisis de la vida religiosa publicado  en  L’Osservatore Romano.

La vida religiosa se encuentra sometida actualmente a notables presiones. En particular, pienso que merecen atención dos tipos de condicionamientos. El primero concierne a la secularización. Un fenómeno histórico nacido en Francia a mitad del siglo XVIII, que ha terminado por embestir todas las sociedades que querían entrar en la modernidad. También la apertura al mundo, justamente proclamada por el concilio Vaticano II, ha sido interpretada, bajo la presión de las ideologías del momento, como un pasaje necesario a la secularización. Y de hecho, en los últimos cincuenta años, hemos asistido a una formidable iniciativa de autosecularización dentro de la Iglesia. Los ejemplos no faltan: los cristianos están prontos a comprometerse al servicio de la paz, de la justicia y de las causas humanitarias, ¿pero creen aún en la vida eterna? Nuestras Iglesias han puesto en acto un inmenso esfuerzo por renovar la catequesis, ¿pero esta misma catequesis habla todavía de la escatología, de la vida después de la muerte? Nuestras Iglesias se han comprometido en la mayor parte de los debates éticos del momento, ¿pero discuten sobre el pecado, la gracia y las virtudes teologales? Nuestras Iglesias han recurrido a lo mejor del propio ingenio para mejorar la participación de los fieles en la liturgia, ¿pero no ha perdido ésta última, en gran parte, el sentido de lo sagrado, aquel gusto de eternidad? Nuestra generación, tal vez sin darse cuenta de ello, ¿no ha soñado, quizá, una “Iglesia de los puros”, poniéndose en guardia contra todo manifestación de devoción popular?

¿Qué ha resultado, en tal contexto, de aquella vida religiosa que había sido presentada, de manera tradicional, como un signo escatológico y una anticipación del Reino que ha de venir? De hecho, religiosos y religiosas han abandonado pronto el hábito de la propia familia para vestirse como todos los otros. A menudo han abandonado los propios conventos, considerados demasiado vistosos o demasiado ricos, en beneficio de pequeñas comunidades esparcidas en los pueblos o en las grandes áreas urbanas. Han elegido oficios profanos, se han comprometido en actividades sociales y caritativas, o bien se han puesto al servicio de causas humanitarias. Se han hecho similares a los otros y se han disuelto en la masa, a veces para ser la levadura de la masa, pero también, en muchos casos, porque esa actitud respondía al clima de los tiempos.

Extraido de La Buhardilla de Jerónimo.


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