Juan Vázquez de Mella (II)

2 12 2010

El único culto digno de Dios

«Todos los grandes problemas que abarca el entendimiento humano, se vienen a resumir en el que será siempre el problema teológico y filosófico universal, que, con sus soluciones únicas, a las que se pueden referir todas las demás en sus diversos matices, se encierra siempre en la relación entre lo finito y lo infinito, que abarca toda la realidad necesaria y contingente. No se puede concebir el mundo más que de estos cuatro modos: como un predicado de Dios, en el panteísmo; o como el sujeto de que Dios es predicado, en la materia eterna del positivismo materialista, o separados o divorciados en el dualismo, o reduciéndolos a una unidad armónica, que es unión sin confusión y distinción sin separación, en la unidad personal y final del Verbo, que corresponde a la inicial del ejemplar eterno. Esta suprema síntesis, que satisface toda las inteligencias, todavía no parecería completa si, después de la Encarnación, como derivación suya, no existiese la Eucaristía, que todo lo compendia en el amor, y que basta mirarla como sacrificio, para reconocerla como la obra divina más perfecta. Traed a un certamen todas las religiones que, al fin, en lo que encierran de verdad, de aspiración a lo infinito y de reconocimiento de la dependencia del ser limitado y contingente respecto al ser absoluto e ilimitado, son un fragmento de la verdad, aunque sea desfigurada por el error y por la pasión; traedlas todas a certamen y pedidlas que os den la razón y el fundamento de su culto, y veréis que, desde la tribu primitiva que hacía los sacrificios humanos en el ara que consideraba santa, hasta las que los realizan menos sangrientos, hay un abismo insondable entre el ser finito y el Ser infinito. ¿Cómo podremos tributar un culto adecuado al Ser infinito, al Ser sin límites, al que reúne todas las perfecciones, al Ser absoluto, si todo lo demás existe por El y es conservado y dirigido por El? ¿Qué culto hemos de poder tributar al Ser Creador los que formamos parte finita de un mundo finito?

Este vasto horizonte que nos rodea, este universo, que la inteligencia humana al través del telescopio trata de sondear; esos abismos inmensos de los cielos, esas constelaciones, esas vías lácteas, esos mundos siderales adonde no llega el ojo del hombre, a pesar de todos los aparatos de la ciencia, porque siempre hay un más allá que pone límite a sus facultades y es como una sombra gigantesca que le circunda y anonada. Pues si todo eso lo juntásemos como en un haz, si de cada astro, aun de aquellos que no perciben ni percibirán jamás los ojos humanos, hiciéramos un ascua ardiente, y todas esas ascuas las uniéramos haciendo una inmensa hoguera, y, para que sobre el mundo material se cerniese el mundo moral, derramásemos sobre sus llamas todas las lágrimas vertidas por el dolor y por el infortunio, y todas las gotas de sangre derramadas por los mártires y por los héroe, para que se evaporasen como en una inmensa, gigantesca, universal oración, ¿qué habríamos hecho? ¿Habríamos dado culto adecuado al Ser sin límites, a la luz inexhausta, al Ser infinito? La distancia permanecería siempre la misma, y esa inmensa llama, esa hoguera universal no sería más que un átomo obscuro, que necesitaría del soplo divino para no sumergirse en las tinieblas de la nada.

El abismo resultaría siendo igual, la distancia inmensa, infinita. ¿Cómo darle culto de gratitud, de agradecimiento y rendir adoración al Ser infinito, al Ser de los seres, si somos un átomo que se pierde en las fronteras de la nada? El hombre, con ser rey de la creación visible, el ángel, con ser rey de la creación invisible, no podían llegar hasta Dios; lo finito no puede llegar hasta lo infinito, y fue necesario que lo infinito bajase a lo finito y que Dios se hiciese hombre; y cuando se hizo hombre y además se dió como manjar al hombre y se ofreció como víctima, entonces hubo ya un culto adecuado, porque el único tributo y holocausto digno del Ser divino era El mismo.»

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