Juan Vázquez de Mella (III)

6 12 2010

Las síntesis humanas y la síntesis divina


«El hombre, que no crea nada, ni siquiera un átomo del polvo que pisa, quiere explicar la realidad que le constituye, la que le rodea y la causa de las dos, y reducirlas a una síntesis ideal.

Los genios completos procuran abarcar los tres mundos, el interior, el exterior y el superior, triple objeto de las más altas especulaciones.

Los talentos incompletos niegan alguno de los objetos y se ven forzados a negar los demás, y, al querer reducirlos a uno solo, se sumergen en un monismo sombrío, haciendo a lo exterior e inferior manifestación o parte de lo superior, o afirmando únicamente lo externo, o declarándolo inaccesible, o refugiándose en un yo solitario que concluye por evaporarse a sí mismo.

Los verdaderos genios no olvidan ni los tres términos, ni sus relaciones, y quieren explicarlos llegando a una síntesis ideal que reproduzca la real que debe existir.

Y todos, aún los más altos y sinceros, fabrican sistemas que acaban siempre disueltos o petrificados, y cuando una dogmática religiosa se separa del centro de unidad que recibe su fuerza de lo alto, cae bajo el imperio de la misma ley.

De Sócrates moralista, sale Platón metafísico, y por la manera de entender sus ideas llegan discípulos infieles o más lógicos a caer en el ateísmo, a sepultarse en un idealismo escéptico y más tarde en un panteísmo que indigna el maestro.

Aristóteles, que es, además de metafísico, lógico y naturalista, no encuentra en sus discípulos quien pueda llevar su gigantesca enciclopedia, y, abrumados por su peso, la dividen en fragmentos, y los más resueltos van a perderse en el escepticismo y el materialismo.

Lo que ellos no supieron comprender, lo recogerá más tarde la Escolástica. El silogismo, las diez categorías a las que sumarán las cinco lógicas de Porfirio, la teoría de la materia y de la forma, la de la potencia y acto y el entendimiento agente y el realismo moderado, reviven y se transforman acrecentadas por la herencia patrística, pero los hace servir de fuentes de argumentos para otra doctrina altísima que Aristóteles ni siquiera sospechaba.

Al inaugurarse lo que llaman el pensamiento moderno, Descartes, más matemático que filósofo, forma, más que una síntesis, una suma de elementos heterogéneos, de donde salen, contra la idea del autor espiritualista y teísta, el panteísmo de Espinosa, el sensualismo de Locke y hasta el mecanicismo atómico que servirá de base a la concepción materialista del siglo XIX.

Kant divide la realidad en tres mundos, el de las cosas en sí, el de los fenómenos y el de las categorías internas, desligados de relaciones de dependencia. Sus discípulos, partiendo del objeto, llegarán al más desenfrenado panteísmo o a un positivismo crítico, o más lógicos, se refugiarán en su solipsismo, acaban en un suicido psicológico, quedando, por única categoría y síntesis, la nada.

El positivismo, filosofía cosmológica y fragmentaria, mutilación de las facultades, de los criterios, del método, aún para explicar lo que afirma, que es mucho menos de lo que niega, se divide en el estático Comte, que admite la experiencia externa y niega con la reflexión la interna que es por donde le consta, y en el dinámico de Spencer, que proclama como ley universal, imposible de comprobar por la observación del hombre que llega el último, la evolución, que es un río sin fuente y sin desagüe y que aumenta y crece sin lluvias ni afluentes.

Y cuando la dogmática religiosa se separa de la revelación con sus interpretaciones, sigue la ley de todas las filosofías en donde no penetra para hacerlas para hacerlas gravitar hacia arriba la fuerza de lo alto.

El judaísmo talmúdico custodia con su odio un libro que le refuta afirmando el mesianismo que él niega en unas profecías, que son una vida anticipada de Cristo, y la que anuncia su propia dispersión.

El mahometismo, que mezcla elementos judíos y cristianos en un sincretismo informe, para no desmoronarse, tiene que apelar a la prohibición de toda controversia, y así puede cruzar la historia, como un ataúd por el desierto, escoltado por una carabana de fanáticos.

Cuando la Reforma negó, con el órgano social, la unidad y el intérprete y el depositario de la revelación, quiso sustituirle por un Papa de papel, la Biblia, poniendo la infalibilidad, que no se reconocía en el centro de la jerarquía, en todos los fieles o condensándola en un grupo de filólogos que supiesen leer los originales, cayó en la dispersión que no puede contener, sin suprimir el libre examen.

Si el cisma griego inmovilizado permanece en pie, esperando la unidad que le funda y le mueva, debe ser porque conservó en el altar al Sacramento que impide la corrupción.

En conclusión, una doctrina no mutilada ni pulverizada por la crítica que atraviese entera los siglos y salga ilesa de una polémica continua, no se ha conocido nunca. Estaría por encima de la razón, que tendría que rendirle homenaje al ver en ella el resplandor de lo divino.»

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