Abusos Litúrgicos

19 01 2011

Es doloroso tener que señalar los abusos que, tantas veces, se realizan en la celebración de la Santa Misa en nuestra Diócesis. Doloroso, pero necesario. Muchas veces se olvida que corregir al que yerra es una de las siete obras de misericordia espirituales y, por tanto, una obra buena. Cuanto más cuando nos referimos a una de las cosas más santas que existen en la religión católica: el Sacrificio del Altar.

En primer lugar quisiéramos explicar por qué nuestra preocupación por estos abusos litúrgicos. La razón primera y fundamental es que la Santa Misa, actualización incruenta del Sacrificio de N.S. Jesucristo, exige el mayor respeto, dignidad y amor posible. El seguimiento fiel a las normas y rúbricas litúrgicas hace que la celebración sea digna y solemne y, además, impide que se pierda el sentido propio de lo que es la Santa Misa, conforme a la relación entre la lex orandi y la lex credendi. Cuando los fieles comprenden por qué la Santa Misa se celebra como se celebra y el por qué de los gestos y signos, profundizan en el insondable misterio que en ella se celebra y pueden elevar el alma a la adoración de Jesucristo. Si, por el contrario, las normas litúrgicas son ignoradas y, con ello, la naturaleza de la Misa desvirtuada u oscurecida, malamente podrán participar dignamente los fieles en la Misa o percibir con claridad qué se está celebrando en ella. Por otro lado, el descuido en seguir las normas litúrgicas puede llevar a la realización de actos sacrílegos.

Cuantas veces los fieles valoran la Misa en función de lo divertida que sea o de lo bien que les hace sentir. Olvidan -y, a veces, les ayudan a olvidar, o quizás nunca han sabido- que la Misa tiene un valor infinito en sí misma y que sus fines son de naturaleza sobrenatural. Nadie duda que una consecuencia de la Misa puede ser hacernos sentir bien o hacer “comunidad”, pero convertir una posible consecuencia en el fin primario es desvirtuar, de raíz, la Santa Misa y perder todo el sentido sobrenatural y sacrifical que se encierra en ella. Es un salto de lo sobrenatural a lo natural, de lo teológico a lo antropológico, de lo sagrado a lo mundano. Es por estas razones que queremos señalar una serie de abusos que, no por cotidianos dejan de ser abusos, que se dan en nuestra Diócesis.

En primer lugar queremos referirnos a la formación catequística sobre la Misa. Cuantas veces las catequesis adolecen de una formación seria sobre la naturaleza, los fines y/o la forma de asistir a la Misa. Conformándose con una visión de “hacer comunidad”, “cena” o participación, por así decir, “material” (y no tanto espiritual) queda, en no pocas ocasiones, oscurecido su carácter sobrenatural. Aquí pueden ver una excelente enseñanza sobre la Misa extraída del catecismo de S. Pío X.

Hasta en las situaciones más dramáticas se puede conservar la dignidad del culto.

Procedamos ahora a una observación más sistemática de algunos abusos teniendo como guía la instrucción Redemptionis Sacramentum. (las negritas y cursivas son nuestras)

En su número 4 afirma: «Así, no se puede callar ante los abusos, incluso gravísimos, contra la naturaleza de la Liturgia y de los sacramentos, también contra la tradición y autoridad de la Iglesia, que en nuestros tiempos, no raramente, dañan las celebraciones litúrgicas en diversos ámbitos eclesiales. En algunos lugares, los abusos litúrgicos se han convertido en una costumbre, lo cual no se puede admitir y debe terminarse.»

En el número 6 y siguientes: «Los abusos, sin embargo, “contribuyen a oscurecer la recta fe y la doctrina católica sobre este admirable Sacramento”

Más adelante, podemos leer: «Finalmente, los abusos se fundamentan con frecuencia en la ignorancia, ya que casi siempre se rechaza aquello de lo que no se comprende su sentido más profundo y su antigüedad. (…) Por lo que se refiere a los signos visibles «que usa la sagrada Liturgia, han sido escogidos por Cristo o por la Iglesia para significar las realidades divinas invisibles». (…) Todo esto es sabiamente custodiado y protegido por las normas litúrgicas.

La misma Iglesia no tiene ninguna potestad sobre aquello que ha sido establecido por Cristo, y que constituye la parte inmutable de la Liturgia. (…) De hecho, la sagrada Liturgia está estrechamente ligada con los principios doctrinales, por lo que el uso de textos y ritos que no han sido aprobados lleva a que disminuya o desaparezca el nexo necesario entre la lex orandi y la lex credendi.

El Misterio de la Eucaristía es demasiado grande «para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal». Quien actúa contra esto, cediendo a sus propias inspiraciones, aunque sea sacerdote, atenta contra la unidad substancial del Rito romano, que se debe cuidar con decisión, y realiza acciones que de ningún modo corresponden con el hambre y la sed del Dios vivo, que el pueblo de nuestros tiempos experimenta, ni a un auténtico celo pastoral, ni sirve a la adecuada renovación litúrgica, sino que más bien defrauda el patrimonio y la herencia de los fieles. Los actos arbitrarios no benefician la verdadera renovación, sino que lesionan el verdadero derecho de los fieles a la acción litúrgica, que es expresión de la vida de la Iglesia, según su tradición y disciplina. Además, introducen en la misma celebración de la Eucaristía elementos de discordia y la deforman, cuando ella tiende, por su propia naturaleza y de forma eminente, a significar y realizar admirablemente la comunión con la vida divina y la unidad del pueblo de Dios. De estos actos arbitrarios se deriva incertidumbre en la doctrina, duda y escándalo para el pueblo de Dios y, casi inevitablemente, una violenta repugnancia que confunde y aflige con fuerza a muchos fieles en nuestros tiempos, en que frecuentemente la vida cristiana sufre el ambiente, muy difícil, de la «secularización».

Por otra parte, todos los fieles cristianos gozan del derecho de celebrar una liturgia verdadera, y especialmente la celebración de la Santa Misa, que sea tal como la Iglesia ha querido y establecido, como está prescrito en los libros litúrgicos y en las otras leyes y normas. Además, el pueblo católico tiene derecho a que se celebre por él, de forma íntegra, el santo sacrificio de la Misa, conforme a toda la enseñanza del Magisterio de la Iglesia. (…)»

Sobre el lugar de la celebración. En el número 108 se lee: «”La celebración eucarística se ha de hacer en lugar sagrado, a no ser que, en un caso particular, la necesidad exija otra cosa; en este caso, la celebración debe realizarse en un lugar digno”. De la necesidad del caso juzgará, habitualmente, el Obispo diocesano para su diócesis.» Cuantas veces, por razones pastorales, se celebra la Misa, sin que exista una necesidad real, fuera del templo. En ocasiones, en sitios que no se pueden considerar dignos.

En el Código de Derecho Canónico se puede leer: «Se debe celebrar el Sacrificio eucarístico en un altar dedicado o bendecido; fuera del lugar sagrado se puede emplear una mesa apropiada, utilizando siempre el mantel y el corporal.» No son pocas las iglesias en las que la Misa se celebra en una mesa, disponiendo de altar. Y, no son pocas las ocasiones en que, celebrando la Misa fuera del templo se hace sobre sitios poco prudentes, pues ni la posibilidad de usar altares portátiles se plantea.

Sobre los vasos sagrados. En el número 117 se expone: «Los vasos sagrados, que están destinados a recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor, se deben fabricar, estrictamente, conforme a las normas de la tradición y de los libros litúrgicos. (…) Se requiere estrictamente que este material [del que están hechos], según la común estimación de cada región, sea verdaderamente noble, de manera que con su uso se tribute honor al Señor y se evite absolutamente el peligro de debilitar, a los ojos de los fieles, la doctrina de la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas. Por lo tanto, se reprueba cualquier uso por el que son utilizados para la celebración de la Misa vasos comunes o de escaso valor, en lo que se refiere a la calidad, o carentes de todo valor artístico, o simples cestos, u otros vasos de cristal, arcilla, creta y otros materiales, que se rompen fácilmente. Esto vale también de los metales y otros materiales, que se corrompen fácilmente.» En no pocas ocasiones, se utilizan vasos de arcilla, cerámica o semejantes por el prurito de “pobreza y cercanía”, olvidándose de Qué es lo que van a contener esos vasos sagrados.

Sobre las vestiduras litúrgicas. En el número 122 podemos leer: «Antes de ponerse el alba, si no cubre totalmente el vestido común alrededor del cuello, empléese el amito». La falta de uso del amito es tan extendida que no merece ni mención.

Y en el 123: «La vestidura propia del sacerdote celebrante, en la Misa y en otras acciones sagradas que directamente se relacionan con ella, es la casulla o planeta, si no se indica otra cosa, revestida sobre el alba y la estola». Igualmente, el sacerdote que se reviste con la casulla, conforme a las rúbricas, no deje de ponerse la estola. Todos los Ordinarios vigilen para que sea extirpada cualquier costumbre contraria.» Es algo muy habitual que los sacerdotes celebren simplemente con la estola sobre el alba, eludiendo ponerse la casulla. Y, en otras ocasiones, se utilizan albas y casullas de colores y formas alejadas de la tradición y de los tiempos litúrgicos, cosa reprobada en el número 128.

Sobre la música y otros elementos litúrgicos. En el número 57 se afirma: «Es un derecho de la comunidad de fieles que, sobre todo en la celebración dominical, haya una música sacra adecuada e idónea, según costumbre, y siempre el altar, los paramentos y los paños sagrados, según las normas, resplandezcan por su dignidad, nobleza y limpieza.» Nada más lejos de la realidad cotidiana, donde tantas veces instrumentos y cantos profanos invaden la Misa y, a veces, se utilizan ornamentos litúrgicos que pretenden aspirar más a la “pobreza” que a la dignidad del culto. Por otro lado, sobre la música litúrgica ya tenemos escrito otro artículo.

Sobre las lecturas. En el número 62 se establece: «No está permitido omitir o sustituir, arbitrariamente, las lecturas bíblicas prescritas ni, sobre todo, cambiar “las lecturas y el salmo responsorial, que contienen la Palabra de Dios, con otros textos no bíblicos”.» No es raro que, en ciertas Misas, los salmos se sustituyan por cantos diferentes, por motivos pastorales.

Sobre las homilías. El número 67 es un varapalo radical para una grandísima cantidad de homilías que los fieles católicos tenemos que soportar en nuestra Diócesis. Dice así: «se debe cuidar que la homilía se fundamente estrictamente en los misterios de la salvación, exponiendo a lo largo del año litúrgico, desde los textos de las lecturas bíblicas y los textos litúrgicos, los misterios de la fe y las normas de la vida cristiana (…) Hágase esto, sin embargo, de tal modo que no se vacíe el sentido auténtico y genuino de la palabra de Dios, por ejemplo, tratando sólo de política o de temas profanos, o tomando como fuente ideas que provienen de movimientos pseudo-religiosos de nuestra época.» Cuantas homilías tratan constantemente, sistemáticamente de la solidaridad, los pobres y hacer un mundo mejor, temas políticos y sociales, y olvidan por completo lo fundamental: la fe y las normas de vida necesarias para cumplir con nuestro fin último: salvarnos y glorificar a Dios.

Sobre grupos particulares. «Aunque es lícito celebrar la Misa, según las normas del derecho, para grupos particulares, estos grupos de ninguna manera están exentos de observar fielmente las normas litúrgicas.» No es raro que en Misas celebradas para grupos especiales, con el afán de aparentar cercanía y comunión, se altere la Liturgia y se salten sus normas arbitrariamente.

Sobre estar arrodillado para recibir la Sagrada Comunión. En el número 91 se estipula que «(…) no es lícito negar la sagrada Comunión a un fiel, por ejemplo, sólo por el hecho de querer recibir la Eucaristía arrodillado o de pie.» Esperamos que el derecho que tenemos los fieles que deseamos recibir a Nuestro Señor de rodillas sea respetado cada vez más y se facilite con la colocación de comulgatorios, imitando los edificantes ejemplos que nos da el Santo Padre.

Para acabar, en el número 169 se afirma: «Cuando se comete un abuso en la celebración de la sagrada Liturgia, verdaderamente se realiza una falsificación de la liturgia católica. Ha escrito Santo Tomás: “incurre en el vicio de falsedad quien de parte de la Iglesia ofrece el culto a Dios, contrariamente a la forma establecida por la autoridad divina de la Iglesia y su costumbre”.»

Probablemente se podrían mencionar más abusos litúrgicos, pero creemos que esta pequeña exposición es suficiente para hacerse una idea suficiente sobre las situaciones que, esperamos, se vayan corrigiendo. Es un deber de todo fiel católico denunciar estos abusos y velar, cada cual según su ciencia y posibilidades, por la rectitud en la celebración de la Santa Misa, con caridad y celo por N.S. Jesucristo, que tiene la inmensa bondad de volver al Altar, en cada Misa, por el bien de nuestras almas.

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