La Gran Herejía (I)

21 02 2011

De hace un tiempo a esta parte ha proliferado en teologías, predicaciones, catequesis, etc. la idea de que sólo se es auténticamente cristiano si se contribuye a hacer un “mundo mejor”. Según éstas, la actividad del cristiano se debe cifrar, ni más ni menos, que en la actividad política y/o social orientada a la liberación de los oprimidos y los débiles para ser auténticamente cristiana. Por supuesto, esa actividad ha de hacerse desde posiciones de “debilidad”, nunca haciendo uso del poder. Se respira en toda esta teoría una influencia importante del marxismo, en el que lo político y social es lo determinante.

Este pensamiento no es otra cosa que la teología de la liberación, cuyo nefasto iniciador fue Gustavo Gutiérrez y que ha contado con el apoyo de otras teologías –mal llamadas- políticas, como la de Johann Baptist Metz, que se le acercan en mayor o menor medida. Sin embargo, encierran en sí la raíz de la que el P. Castellani llamó La Gran Herejía, que consiste en la adoración del hombre por el hombre. El elemento clave se encuentra en que estas teologías rechazan la soberanía de Cristo Rey y aceptan el principio de separación de la Iglesia y el Estado, saltándose a la torera la doctrina política enseñada por los últimos pontífices y la práctica de la Iglesia desde Teodosio I el Grande.

Estos hacedores de sociedades agnósticas y secularizadas tergiversan algunos textos del Evangelio para justificar sus tesis. Vamos a ver los más clásicos para, al mismo tiempo, exponer nuestra postura. El texto por antonomasia es el de “Mi Reino no es de este mundo” (San Juan 18,36). Según ellos, este texto negaría rotundamente el Reinado Social de N.S. Jesucristo, es decir, que los Estados y naciones reconozcan Su Soberanía sobre ellos. Al mismo tiempo y, paradójicamente, defienden la creación del “Reino” que sería un mundo de solidaridad, justicia, paz, comprensión, amor, bienestar, salud, etc. pero que no reconoce a Jesucristo como Rey y Soberano.

En primer lugar hay que hacer notar que esta visión idílica de un mundo utópico que un día llegará (defendida por Kant, el iluminismo, la masonería y el marxismo) no es sino un remedo inmanente y terreno del Cielo, del cual Jesucristo mismo dijo: “mi Reino no es de este mundo”. Y, sin embargo, estos pretenden construirlo y, encima, sólo con las fuerzas humanas. Es una verdad de Fe que la Humanidad está caída por el pecado original y que, por esto, el mundo está bajo el dominio del demonio. Por tanto, siempre habrá enfermedad, muerte, sufrimiento y pecado (con las gravísimas injusticias sociales que puedan implicar) sobre esta tierra hasta la Parusía. Quienes luchan por construir el Cielo en la Tierra atentan claramente contra la Palabra de Dios.

En segundo lugar, aun si lograsen construir un remedo cutre del Cielo sobre la Tierra, al haberse hecho sin reconocer la Soberanía de N.S. Jesucristo y haciéndose sólo con medios humanos: política, sociología, tecnología, humanitarismo, etc. ¿A quién adorará esa sociedad sino a quien le ha dado tantos bienes? ¿A quien elevará a la máxima categoría y dirá del mismo que es como un dios? ¿No será acaso al hombre, hacedor de Utopía? Sin duda, quienes andan en esta senda, “avanzan” hacia la adoración del hombre por el hombre, la Gran Herejía.

En breves, la segunda parte.

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