La Gran Herejía (III)

5 03 2011

La primera parte aquí; la segunda aquí

Acabamos con los habituales textos  usados por el “progresismo eclesial” para negar la soberanía de N.S. Jesucristo sobre la sociedad. El más famoso y usado es el de “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (San Mateo 22, 21). Sin embargo, aquí hay algo obvio que se suele olvidar: que el César es creación de Dios y, por tanto, depende de Él y tiene el mismo fin que el resto de la creación: la Gloria de Dios.

Tengamos claro que todo lo creado tiene su origen en Dios y a Dios se orienta, como su principio y su fin. El César, sin duda, se encarga de aquellas cosas que son las propias de su fin relativo: la búsqueda del bien común; pero el bien común incluye, como no podía ser de otra forma, el bien moral y religioso de las almas. Así, el César no puede negar la Soberania de N.S. Jesucristo ni desatender su obligación de buscar el bien de las almas dentro de su contexto propio.

Ahora, un poder que renuncia a reconocer la Soberanía divina, rápidamente se tornará en despótico enemigo de la Verdad y la Iglesia; en su seno habrá de crecer el indiferentismo religioso y la propagación del pecado y la corrupción, razón principal de la caída de las sociedades.

Aquellos que rechazan reconocer la Soberanía de Cristo sobre la sociedad, por el temor de aparecer como “retrógrados” o cosas semejantes, hacen un flaco favor al bien de la sociedad que, sin la acción renovadora de la gracia divina, sólo puede deslizarse rápidamente -como podemos ver- por la pendiente de la corrupción.


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