¿Indignados?

10 06 2011


Causa perplejidad ver como ciertos hombres de Iglesia se afanan locamente por conseguir que el mundo les de una palmadita en la espalda. Se desviven por asumir todo lo que del mundo proviene y tratan de disminuir la doctrina católica para compatibilizarla con las doctrinas mundanas. Por supuesto, este afán por conseguir la aprobación del mundo es completamente estéril, porque el mundo está bajo el poder de las tinieblas. Y por mucho que algunos hombres de Iglesia traten de aparecer como compatibles y adaptados a la mentalidad mundana, ésta nunca comprenderá ni aceptará la verdad católica. Y, mucho menos, cuando a ésta se la esconde o se la disminuye. Todo esto viene a cuento de unos artículos publicados en la revista diocesana  Iglesia al Día, de este mes de junio, sobre el movimiento del 15-M, más conocido como los indignados.

 

¿Comunismo?

En primer lugar, resulta de especial gravedad ciertas afirmaciones vertidas en uno de los artículos. Dice así: “Mejor es amedrentar para evitar que sean libres (…) muchos valores que aniquilan la ambición desmesurada de unos pocos que amarran férreamente los poderes económicos, sociales, políticos, religiosos para sus particulares intereses”. Esos “pocos” de “ambición desmesurada” son las grandes elites económicas, evidentemente. Causa espanto y estupor que todo un profesor del Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias (ISTIC) afirme gratuitamente que los poderes religiosos, lo cual incluye a la Iglesia católica, están “férreamente amarrados” por estas elites económicas que todo tendrían copado. ¿Qué es esto sino afirmar que la Iglesia no es sino un instrumento al servicio de los intereses de la burguesía y/o de las corporaciones mundiales? ¿Y qué se concluye de esa afirmación sino que, evidentemente, la Iglesia (la religión) es el opio del pueblo? Es realmente triste tener que leer el eco de la doctrina más anticristiana, condenada reciamente por numerosos papas, en una revista que se presume católica.

Y es que el autor del artículo no hace sino repetir las ideas de Stéphane Hessel –el autor del afamado libro Indignaos-, que, a su vez, no hace sino repetir ciertas ideas de Carlos Marx, es decir, ideas comunistas. Recordamos que un Decreto del Santo Oficio de 1 de julio de 1949 decretaba Afirmativamente que “los fieles que profesan la doctrina del comunismo materialista y anticristiano y, sobre todo, aquellos que la difunden o la propagan, incurren ipso facto, como apóstatas de la fe, en la excomunión reservada de modo especial a la Sede Apostólica”.

Soberanía de Cristo, la salud de los pueblos

No puede extenderse este artículo en todos los pormenores del susodicho movimiento ni sobre los artículos publicados en la revista Iglesia al Día, así que se centrará en un punto concreto y central, el más importante de todos: ¿es acaso éste un movimiento, una fuerza católica? ¿Reconoce la soberanía de Cristo sobre la sociedad toda? Evidentemente, no. Que agnósticos, indiferentes o ateos se sumen a un movimiento que ignora por completo a Dios y a Nuestro Señor Jesucristo es completamente comprensible, pero que católicos se sumen a un movimiento que de forma evidente prescinde de Dios no es de recibo, mucho menos cuando se escribe en medios públicos y se tiene una responsabilidad eclesial. Los Papas han repetido hasta la saciedad que sólo en el reconocimiento de la soberanía de Cristo está el remedio eficaz a los males que asolan la sociedad. Pongamos algunos ejemplos:

Pío IX

“La razón humana es el único juez de lo verdadero y de lo falso, del bien y del mal, con absoluta independencia de Dios; es la ley de sí misma, y le bastan sus solas fuerzas naturales para procurar el bien de los hombres y de los pueblos.” Sentencia condenada por Pío IX en el Syllabus

León XIII

“De donde se sigue que el poder público, en sí mismo considerado, no proviene sino de Dios. Sólo Dios es el verdadero y supremo Señor de las cosas. Todo lo existente ha de someterse y obedecer necesariamente a Dios. Hasta tal punto, que todos los que tienen el derecho de mandar, de ningún otro reciben este derecho si no es de Dios, Príncipe supremo de todos.”

 “La razón natural, que manda a cada hombre dar culto a Dios piadosa y santamente, porque de El dependemos, y porque, habiendo salido de El, a El hemos de volver, impone la misma obligación a la sociedad civil. Los hombres no están menos sujetos al poder de Dios cuando viven unidos en sociedad que cuando viven aislados. La sociedad, por su parte, no está menos obligada que los particulares a dar gracias a Dios, a quien debe su existencia, su conservación y la ínnumerable abundancia de sus bienes. Por esta razón, así como no es lícito a nadie descuidar los propios deberes para con Dios, el mayor de los cuales es abrazar con el corazón y con las obras la religión, no la que cada uno prefiera, sino la que Dios manda y consta por argumentos ciertos e irrevocables como única y verdadera, de la misma manera los Estados no pueden obrar, sin incurrir en pecado, como si Dios no existiese, ni rechazar la religión como cosa extraña o inútil, ni pueden, por último, elegir indiferentemente una religión entre tantas. Todo lo contrario. El Estado tiene la estricta obligación de admitir el culto divino en la forma con que el mismo Dios ha querido que se le venere. Es, por tanto, obligación grave de las autoridades honrar el santo nombre de Dios.” Encíclica Inmortale Dei de León XIII

Pío XI

“¿Qué cosa habrá para nosotros más dulce y suave que el pensamiento de que Cristo impera sobre nosotros, no sólo por derecho de naturaleza, sino también por derecho de conquista, adquirido a costa de la Redención?”

 “Y es dogma, además, de fe católica, que Jesucristo fue dado a los hombres como Redentor, en quien deben confiar, y como legislador a quien deben obedecer”

“Por otra parte, erraría gravemente el que negase a Cristo-Hombre el poder sobre todas las cosas humanas y temporales, puesto que el Padre le confiríó un derecho absolutísimo sobre las cosas creadas, de tal suerte que todas están sometidas a su arbitrio.” Encíclica Quas Primas de Pío XI

“No nos detenemos ahora a repetir aquí cuán gravísimo error sea afirmar que es lícita y buena la separación en sí misma [de la Iglesia y el Estado], especialmente en una Nación que es católica en casi su totalidad. Para quien la penetra a fondo, la separación no es más que una funesta consecuencia (como tantas veces lo hemos declarado especialmente en la Encíclica «Quas primas») del laicismo o sea de la apostasía de la sociedad moderna que pretende alejarse de Dios y de la Iglesia. Mas si para cualquier pueblo es, sobre impía, absurda la pretensión de querer excluir de la vida pública a Dios Creador y próvido Gobernador de la misma sociedad, de un modo particular repugna tal exclusión de Dios y de la Iglesia de la vida de la Nación Española” Encíclica Dilectissima Nobis de Pío XI

Pío XII

“No menos nocivo para el bienestar de las naciones y de toda la sociedad humana es el error de aquellos que con intento temerario pretenden separar el poder político de toda relación con Dios, del cual dependen, como de causa primera y de supremo señor, tanto los individuos como las sociedades humanas; tanto más cuanto que desligan el poder político de todas aquellas normas superiores que brotan de Dios como fuente primaria y atribuyen a ese mismo poder una facultad ilimitada de acción entregándola exclusivamente al lábil y fluctuante capricho o a las meras exigencias configuradas por las circunstancias históricas y por el logro de ciertos bienes particulares.

Despreciada de esta manera la autoridad de Dios y el imperio de su ley, se sigue forzosamente la usurpación por el poder político de aquella absoluta autonomía que es propia exclusivamente del supremo Hacedor, y la elevación del Estado o de la comunidad social, puesta en el lugar del mismo Creador, como fin supremo de la vida humana y como norma suprema del orden jurídico y moral; prohibiendo así toda apelación a los principios de la razón natural y de la conciencia cristiana”

“Narra el sagrado Evangelio que, cuando Jesús fue crucificado, las tinieblas invadieron toda la superficie de la tierra (Mt 27,45); símbolo luctuoso de lo que ha sucedido, y sigue sucediendo, cuando la incredulidad religiosa, ciega y demasiado orgullosa de sí misma, excluye a Cristo de la vida moderna, y especialmente de la pública y, junto con la fe en Cristo, debilita también la fe en Dios. De aquí se sigue que todas las normas y principios morales según los cuales eran juzgadas en otros tiempos las acciones de la vida privada y de la vida pública, hayan caído en desuso, y se sigue también que donde el Estado se ajusta por completo a los prejuicios del llamado laicismo —fenómeno que cada día adquiere más rápidos progresos y obtiene mayores alabanzas— y donde el laicismo logra substraer al hombre, a la familia y al Estado del influjo benéfico y regenerador de Dios y de la Iglesia, aparezcan señales cada vez más evidentes y terribles de la corruptora falsedad del viejo paganismo. Cosa que sucede también en aquellas regiones en las que durante tantos siglos brillaron los fulgores de la civilización cristiana: las tinieblas se extendieron mientras crucificaban a Jesús” Encíclica Summi Pontificatus de Pío XII

Benedicto XVI

Por no hablar de las reiteradas peticiones de Juan Pablo II y SS Benedicto XVI a que Europa reconozca sus raíces cristianas. Es, por tanto, claro que no se puede pretender defender un movimiento que es, por principio, laicista y niega la potestad pública al único que “da la prosperidad y la felicidad verdadera así a los individuos como a las naciones” Pío XI.


Acciones

Information




A %d blogueros les gusta esto: