Cardenal Isidro Gomá y la Liturgia (IV)

15 07 2011

La Liturgia como elemento de la apologética cristiana

El arte litúrgico y la apologética

Por el valor cada día creciente que a las manifestaciones artísticas se concede en la estimación de la fuerza intrínseca del pensar y sentir de los pueblos, hemos de ponderar lo que vale el arte litúrgico en función de la apologética cristiana. Se ha hablado no poco estos últimos tiempos del “milagro griego”, es decir, de la suprema perfección del arte de un pueblo que, sin tradición artística y sin la influencia decisiva del arte de otros pueblos, pudo hallar formas de perfección insuperable. No hemos de cotejar arte con arte; prescindiendo de la cuestión material de la forma, creemos que no hay arte de pueblo alguno capaz de equipararse a nuestro arte litúrgico, en ninguno de los conceptos que avaloran sus producciones artísticas, valor de idea, de sentimiento, de expresión, integración de todas las artes en la reproducción artística de un sistema espiritual, vasto y profundo, como es el Cristianismo.

Porque no dudamos en tomar el arte litúrgico como expresión sinónima de arte cristiano: este nació en el ambiente litúrgico, nutrióse, a través de los siglos, del pensamiento y de la vida litúrgica, y la mayor parte de las obras de arte cristiano tienen un destino litúrgico. Y el arte cristiano puede calificarse de milagro, con más razón que el arte griego. Nace pobre y candoroso, al calor de los sagrados misterios, en los muros de las Catacumbas; pero “cuando se consagran los pequeños a grandes cosas, dice san Agustín, éstas les hacen grandes”; y así sucedió a los artistas cristianos. De las Catacumbas a la Catedral gótica; de las pinturas murales de los viejos cementerios a los lienzos de Fra Angélico, de Van der Goes o de Murillo; de la salmodia de las sinagogas a las melodías gregorianas o las piezas polifónicas de Palestrina y Victoria, va distancia mayor que la que separa los primitivos griegos de la época de los artistas del Partenón. Sólo la divina savia de la idea del sentimiento cristiano pudo hacer florecer un arte tan estupendo como el nuestro.

En efecto, en nuestro arte ya no se trata sólo de la labor portentosa de los frisos del famoso templo, sino de la maravillosa sublimación de la materia, transformada, no tanto por la técnica como por la fuerza del pensamiento cristiano, hasta lograr un valor de religión y de arte que no puede sobrepujarse. “En los griegos, dice Sertillanges, parece que es el arte quien comunica a los dioses su belleza; en el Cristianismo es Dios quien da su trascendencia al arte, quien le hace rebasar la vida a nivel y le diviniza. Aquí, Dios no es humanizado, como en el paganismo; a lo menos las formas humanas que se le atribuyen no son admitidas más que como símbolos o apoyo del pensamiento. Por el contrario, el hombre es divinizado, y con el hombre la naturaleza, y con la naturaleza y el hombre, su espejo, que es el arte. El arte tiene así su Tabor: se exalta y se transfigura; vuélvese resplandeciente bajo el vestido de candor que se le impone arrancándole del mal y del fango de la tierra”.

Ha hecho más el arte litúrgico: ha expresado con precisión, y casi en toda su integridad, el valor dogmático de la idea cristiana; (…). Por esto todo atentado contra el dogma católico ha tenido su repercusión en el terreno del arte: la mutilación del dogma es la del pensamiento, en lo que tiene de más vital y fecundo; porque el dogma es el contacto del pensamiento del hombre con el de Dios. ¿Quién podrá ponderar el retroceso que en el arte representa la herejía iconoclasta? “Una cosa me aflige, decía Gregorio III a uno de los grandes perseguidores de los artistas de su tiempo, que mientras los bárbaros y salvajes se civilizan, tú, hombre de la civilización, caes en la barbarie”. El protestantismo fue fatal para el arte religioso; secó su fuente al ahogar el espíritu social del catolicismo; porque el arte, como ha notado Taine, ha sido siempre sociológico, y en las entrañas de la colectividad echó siempre su raigambre. A más de que la sola negación de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, centro de convergencia y foco de irradiación del arte católico, no sólo importa la mutilación del pensamiento cristiano, sino, lo que es más íntimo y fecundo en el campo del arte, la mutilación del amor.

De aquí este valor de apología que tiene la integridad vital del arte católico. Dogma y arte, es decir, lo más fundamental de la religión y lo que ella tiene de más florido, inteligible y casi diríamos humano, se funden, hasta no formar más que un todo lleno y armónico, como la osamenta y los músculos en el cuerpo humano, o como el follaje y el esqueleto del árbol, en todo período de nuestra historia religiosa.  Ninguna iglesia, fuera de la católica, ninguna secta, tiene la florescencia magnífica del arte que la nuestra. El cisma, nota Sertillanges, empobrece la vida interior, de donde viene el empobrecimiento de la poesía y de la música; la herejía rebaja la vida cultual, lo que empequeñece la arquitectura, la escultura y, en general, el arte plástico; y siempre hay menos socialización del sentimiento religioso, lo que importa la atrofia de todas las artes. Es así que se rebaja el arte bizantino, por el rebajamiento de la liturgia.

Los herejes iconoclastas matan la escultura y la pintura. Los (…) cismáticos heredan el arte bizantino, pero no lo renuevan. Y así es en todas partes.

De este modo el arte litúrgico, por su trascendencia, es una prueba del sobrenaturalismo cristiano; por su plenitud, es la traducción esplendida del pensamiento católico, y como una nota para distinguirle de toda cristiandad disidente. Sólo hay plenitud de arte donde hay integridad de verdad y de amor.


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