Cardenal Isidro Gomá y la Liturgia (V)

21 07 2011

Sobre la religión


Etimológicamente, religión es “re-atar”, religare, porque por ella nos volvemos a unir voluntariamente a Dios, a quien lo estamos ya por ley de causalidad (Lactancio); es rumiar, meditar, “re-leer”, relegere, porque ella nos hace recapacitar lo que le debemos a Dios (Cicerón); es “re-elegir”, religere, ya que por ella volvemos a elegir a Dios, a quien perdimos por el pecado (san Agustín). Cualquiera etimología que se adopte, “religión” es el “lazo que une el hombre a Dios”. (…)

Pero la relación del hombre a Dios es doble. El hombre es “factura de Dios”: por el hecho de la creación se funda una relación esencial entre Dios y el hombre: de la plenitud del Ser de Dios deriva una participación al hombre, quien, no teniendo al “ser” o existir otro derecho que el que se funda en la acción y largueza del Supremo Ser, ha sido computado en el número de los “seres”. En esta relación: Ser-ser, se funda la razón metafísica de la religión. Es relación de causa y efecto, de Criador y criatura. Todo el mundo, espiritual y corpóreo, porque todo él es obra del Ser-creador, debe inclinarse ante Él, por esta ley fundamental de causalidad que liga los seres contingentes a la esencia primera.

Bajo este aspecto, la religión es una servidumbre, correspondiente a la especial relación del dominio que tiene Dios sobre todo. Es la latría de los griegos: servidumbre necesaria, en cuanto es exigencia fundamental de la misma naturaleza; libre, en cuanto es el ejercicio de una virtud. Es el sumor honor que se debe a Dios “en cuanto trasciende infinitamente sobre todo, secundum omnimodum excessum”. Dios es el Summum Magnum, de Tertuliano; el Deus Optimus Maximus, a quien barruntaron los antiguos. Tiene sobre todo ser el primado de la dignidad, de fuerza, de origen. Toda criatura le debe “todo honor y toda gloria” que pueda tributarle, según el precepto del Sabio: “Al alabar a Dios, ensalzadle cuanto podáis, porque es superior a toda alabanza”.

Tiene asimismo la religión su fundamento ético. Tratándose del valor educativo del culto, forma externa y encarnación visible de la religión, el concepto ético-psicológico de ésta es de vital importancia. Si la religión no nace de una exigencia moral fundamental, no tendrá fuerza normativa ni eficacia pedagógica: en cambio, será factor eficaz de formación y perfección humana si brota, por ley de la misma naturaleza, del fondo de las tendencias superiores del hombre.

Y es así. La religión es hija de las aspiraciones primordiales del alma humana: el hombre es ser moral que tiende a Dios; y Moral y Teología son las dos ciencias directrices de la pedagogía.

En la relación Ser-ser, se funda el concepto metafísico de la religión; en esta otra relación: Fin-tendencia moral, se establece su base ética.

¿Cuáles son las tendencias fundamentales y universales de nuestra vida moral? La primera de todas es la aspiración a la verdad, en lo que la verdad tiene de regulador de la vida. No es siempre la pasión la que empuja al hombre en su acción; aunque hagamos lo que es peor, queremos saber lo que es mejor. La duda y la incertidumbre, en el gran problema de la regulación de la vida, son el mayor tormento del espíritu humano, el “verdadero veneno de la vida”, dice Maine de Birán.

Buscar en la ciencia la aclaración de estos enigmas, es cosa vana: “La ciencia pura es cosa maravillosa, dice Harnach, pero a estas preguntas: ¿De dónde vienes? ¿A dónde vas? ¿Por qué estás en el mundo? la ciencia de hoy no responde mejor que dos o tres mil años atrás. Ni nos enseña dónde empieza la curva del mundo, ni la de nuestra propia vida, ni cuáles sean sus trayectorias”.

Sólo la religión puede resolver estos problemas capitales de la vida. Nótese que todas las religiones tienen un fondo dogmático que en nombre de la divinidad se impone, de un modo asertivo, categórico, al espíritu de sus adeptos. Nuestra misma religión, toda suavidad, tiene “anatemas” y fórmulas solemnes para acotar el campo de las creencias y reducir a él la inteligencia de sus hijos. Es que no hay otro medio que la creencia, y la autoridad que la impone y garantiza, para el logro de la verdad: ni hay más que Dios, suma Verdad, en quien pueda reposar, en medio de su ansiedad, el humano pensamiento. Religión es “reatar”: esta atadura de la inteligencia humana a la inteligencia de Dios; es el elemento fundamental de la religión y responde a una exigencia primaria de orden psicológico.

Pero la tendencia moral implica inteligencia y voluntad. Si el humano pensamiento siente la tortura de la verdad desconocida, la voluntad se agita por el bien apetecido y no hallado.

Inútil ponderar la incapacidad del bien fraccionario de este mundo visible para aquietar nuestro corazón: lo que se ve, no es “el bien”; es sombra de bien. Jouffroy, en una página célebre, nos dejó la pintura de la desolación de su espíritu cuando hubo roto con las creencias de su juventud y las tradiciones y prácticas de su familia: “Me pareció entonces, dice, sentir extinguirse mi primera vida, tan riente y llena, y, detrás de mí, abrirse otra, sombría y desolada, en que yo iba en adelante a vivir solo; solo con mi pensamiento fatal que allí acababa de desterrarme y que estuve tentado de maldecir. Los días que siguieron a este descubrimiento fueron los más tristes de mi vida. Sería inacabable ponderar los sentimientos que los agitaron; mi alma no podía acostumbrarse a un estado tan poco conforme a la naturaleza humana; por violentos virajes, se esforzaba en abordar de nuevo las playas que había perdido”. San Agustín habla del “corazón inquieto que sólo descansa en Dios”. Salomón clama, en medio de sus delicias: “Todo es vanidad y aflicción del espíritu”. “Yo le he sido todo, y de nada me ha servido”, decía el emperador Severo.

Esta inquietud del humano corazón ha producido siempre en el mundo el fenómeno de la religión. Lánzase el hombre a la conquista de Dios, a través de la mezquindad del mundo, porque la humana naturaleza en su conjunto aspira al bien soberano; y éste se halla, más allá de lo visible, en Dios, que es el Bien Sumo.

La acción sedante que la práctica de la religión produce en el corazón humano, en medio de la desdicha, del miedo al mal, del fastidio del vivir, es prueba de la exigencia fundamental de la religión. Es la tranquilidad y el goce de la armonía de la vida, armonía que es orden, orden fundamental que es religión; porque ésta, dice Mazzella, no es más que la traducción del gran principio moral: Serva ordinem; y el orden humano es la debida tendencia a Dios.

Esta sensación de paz, emoción de gozo, serenidad de vida, es el trazo característico de la de los grandes convertidos. San Agustín nos habla de la “luz de la seguridad” que infundió en su corazón el retorno a Dios. Joergensen, el gran novelista danés de nuestros días, se quejaba de que la cadena de su anterior vida crapulosa estuviese forjada ” de un anillo de oro por cada diez de plomo”; hoy, católico, dice que “se siente feliz, en paz íntima y profunda con Dios, consigo mismo y con la creación”.

Nosotros, católicos, sabemos que nuestra religión es la madre de la “paz que sobrepasa toda idea”; que los santos se han quejado a Dios por el exceso de goces que les envía; que la historia de la Edad Media celebra la “alegría angélica” de los hijos de san Benito, el “fundador del apacible sosiego”; que san Pedro Damián llamaba a su claustro “jardín de delicias”; y que nuestra santa Teresa se creía indemnizada de una vida de penas por un solo momento de los goces que le enviaba Dios.

Este fenómeno psicológico de la paz de corazón en convertidos y piadosos, lo advera la moderna filosofía como resultado de encuestas sobre experiencia religiosa. “El rasgo dominante de la conversión, dice W. James, es la desaparación de toda inquietud y congoja, el sentimiento de que todo acabará bien al fin; la paz, la armonía, la aceptación de la vida”. Y el profesor Starbuck da como característica de la conversión, según sus experiencias, “la alegría, la paz y la dicha” como grupos primarios de emoción; lágrimas, gritos y otros signos físicos de liberación del espíritu.

A este vacio profundo, inmenso desideratum del espíritu, como le llama De Broglie, que el mundo visible puede llenar, porque no contiene en sí mismo ni el origen, ni el fin, ni la ley, ni el ideal de la vida humana, podríamos añadir, como base moral de la religión el mismo temor de una fuerza invisible, sempiterna Dei virtus, que nos inclina a reverenciarla. (…)

Definiendo la religión bajo el punto de vista ético, diremos que es, en su esencia: “La atadura de todo elemento moral del hombre a Dios, determinada por la invencible tendencia de todo ser moral al orden y al fin”; y en su ejercicio es: “La sumisión, de hecho, a las exigencias del Ser Absoluto que es el Ideal, el Fin, el Bien supremo del hombre”.

Así la religión es una “necesidad” en cuanto el hombre ha menester “las reacciones religiosas para asegurar a su vida desarrollo integral y armónico”. Y es asimismo un “deber”: deber “esencial” de observar el orden que, como existe en la jerarquía de los seres físicos, así se impone en la de los seres morales: Serva ordinem; deber de “finalidad”, porque todo ser tiene su perfección en el logro de su fin: Respice finem; deber de “justicia”, porque, como dice Platón, “lo santo es parte de lo justo”; y la religión es justicia para con Dios: Redde debitum.

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