Cardenal Isidro Gomá y la Liturgia (VI)

26 07 2011

Culto

Religión es el conjunto de deberes del hombre para con Dios, deberes que arrancan de la doble relación, ontológica y moral, que a Él le ligan. “Culto” es el cumplimiento de estos deberes, como “cultivamos” las relaciones que la amistad nos impone, frecuentando el trato con el amigo. Y como Dios es el “Señor” y el “Fin” del espíritu y del cuerpo del hombre y de la sociedad humana, le debemos a Dios el culto interno (homenaje de la inteligencia, voluntad y corazón), el externo (uniendo gestos y actitudes del cuerpo al acto del culto interno) y social, aunándose los hombres para rendirle a Dios el homenaje popular y colectivo.

Éste es el origen lógico del culto en todas sus formas: “El hombre, dice Aristóteles, tiende con toda la energía de su naturaleza al acto”: de la tendencia religiosa brota, con fuerza incoercible, el acto de religión. Así el culto es la atadura efectiva del hombre con Dios; es la concreción viva, en el fondo del espíritu, o en la región del sentimiento, o en la estática y dinámica del cuerpo humano, o en determinadas funciones del cuerpo social, del sentimiento religioso. Es la religión misma en su acepción objetiva e histórica, hasta el punto que santo Tomás defina la religión por el culto: “La religión, dice, es una virtud por la cual los hombres tributan a Dios el culto y reverencia debidos”; o, como le define Guillet: “El culto no es otra cosa que la suma de las manifestaciones exteriores, de orden privado o público, de las que nos servimos para dar cuerpo a nuestras creencias, o para facilitar el ejercicio de nuestra vida moral”. (…)

Fijémonos en la base psicológica del culto, concretándonos al externo y social; el culto interno, es decir, los actos intelectuales, volitivos y de emoción que nos relacionan con Dios, son el elemento primordial del culto; sin ellos no hay culto verdadero, sino vacía representación escénica, cuya hipocresía mereció de Dios un día este tremendo reproche: “Este pueblo me honra con los labios, pero tiene el corazón lejos de mí”.

“Todo sentimiento fuerte crea una expresión. Hay, por decirlo así, una mímica mental, como hay una corporal; proviene la primera de la influencia de los sentimientos sobre las representaciones; la segunda de su efecto sobre los movimientos musculares” (Hoffding). El sentimiento religioso no escapa a esta ley de doble “expansión” que no es más que un caso particular de la tendencia de todo ser viviente al orden, y de la ley de relación especial a la conciencia humana.

Cuerpo y alma del hombre, sustancialmente unidos, son solidarios, por esta ley suprema de unidad y armonía que preside toda su vida; córrense los sentimientos del espíritu hasta hacer vibrar a su compás la materia del organismo humano; como, recíprocamente, el mismo cuerpo refluye en la vida íntima del espíritu para acrecer, con sus actitudes y movimientos, y hasta con las entrañables modificaciones orgánicas que acompañan a todo sentimiento o emoción fuerte, la vida religiosa del espíritu: “Mi corazón y mi carne, decía el Profeta, regocijáronse en el Dios vivo”.

(…) “Por los signos sensibles, dice Suárez, el hombre llena en cierta manera sus afectos, y, recíprocamente, éstos se afirman y robustecen por los signos sensibles”. Atrófiase el sentimiento religioso y el culto languidece: es que falta la “redundancia del alma sobre el cuerpo, consecutiva a las vehementes afecciones”, de que habla el Angélico. Se debilita, a su vez, el culto, y sufre quebrantos la misma vida religiosa: pruébalo la historia del protestantismo: “Reducir la religión a lo puramente espiritual, ha dicho alguien, es relegarla a la región de los astros”.

Urge en nuestros días insistir en este punto central de la psicología religiosa, verdadera llave maestra de la pedagogía por el culto, porque los modernos psicólogos y, más aún, el novísimo agnosticismo religioso, han reducido el culto externo a un conjunto de prácticas rituales de “quita y pon”, accesorias a la “religión del espíritu”, de la que son concreción visible, según los modernistas, para el único efecto de lograr prosélitos.

Ya Rousseau decía: “Era necesario un culto uniforme: sea así; pero, ¿tan importante es este punto que fuese necesario todo el poder de Dios para fundar un culto con que se le adorara? No confundamos el ceremonial de la religión con la religión misma. El culto que pide Dios es el del corazón; y éste, cuando es sincero, es siempre uniforme. Loca vanidad es pensar que Dios tenga tan gran interés en la forma de los hábitos sacerdotales, en el orden de las palabras que pronuncia, en los gestos que hace en el altar y en todas sus genuflexiones”.

Dios podrá no tener gran interés en las minucias de ornamentación y rúbrica; hay quien, en su nombre, cuida de ello; pero nadie podrá hacer que una religión disparatada en sus dogmas se traduzca en un culto maravilloso, o que el culto sensual de la Afrodita Pandemos pueda brotar jamás de la santísima religión de Cristo. Cual es la religión, tal es su rito; el Papa san Celestino concretaba esta ley de la religión y de la psicología en este célebre apotegma litúrgico: Lex credendi, legem statuit supplicandi [la ley de la oración es la ley de la fe].


Acciones

Information




A %d blogueros les gusta esto: