Cardenal Isidro Gomá y la Liturgia (VII)

30 07 2011

La Liturgia y la educación cristiana de la inteligencia


La conformación del pensamiento humano con el pensamiento de Dios es el punto fundamental de la educación cristiana. La vida eterna está en el “conocimiento” de Dios y de su enviado Jesucristo. La misión del Verbo, Idea del Padre, es “iluminar” a todo hombre. El Espíritu de verdad es enviado por el Padre para “enseñarles a los hombres toda verdad”. Jesucristo es la “verdad”. La Iglesia es “columna y cimiento de la verdad”. Intención es, y voluntad de Dios, que todos logremos el “conocimiento de la verdad”. Todas las páginas del Nuevo Testamento están saturadas de este alto sentido de verdad, de esta fuerza iluminativa de los entendimientos que caracteriza a la religión de Jesucristo.

La “iluminación del alma por Cristo”, de que con tanto énfasis nos habla el Apóstol, es condición primera de la vida cristiana. La fe, “principio de la sustancia de Dios”, no es más que el contacto iluminativo del pensamiento de Dios, que se abaja, con el pensamiento humilde del hombre, que cree: y la fe es la base de la vida cristiana; sin ella “es imposible agradar a Dios”.

Cierto que la verdad sola no salva; ni tan sólo es capaz de imprimir el sello de la vida cristiana  en el hombre: “La fe sin las obras es muerta”; pero no es menos cierto que siendo el entendimiento la facultad específica del hombre, por aquí debe empezar a ser “cristianizado”: el pensamiento es el único que puede tener fuerza normativa en su educación.

Tanto es asi, que Jesús no sólo “inauguró un curso de doctrina moral”, como pretende el moderno criticismo, sino que les dió a los hombres un sistema intelectual de verdades dogmáticas, que debían ser como el nudo inviolable que atara nuestras inteligencias a la de Dios. (…) Jesucristo trajo la verdad sobrenatural, elevó a este orden el pensamiento humano y lo nutrió con el pábulo de la verdad del cielo, que es la fe.

Ya de antiguo tuvo la Liturgia este carácter de adoctrinamiento del pueblo que la ejercía. (…) Esta fuerza iluminativa del rito cristiano no se circunscribe al acto sacrificial y a los sacramentos: todo rito está henchido de pensamiento; el vasto y complejo sistema litúrgico está inundado de la luz del cielo y de la tierra; es un mirador espléndido desde donde pueden medirse la extensión y la profundidad y las hermosas perspectivas que nos ofrecen los horizontes de la verdad cristiana. (…) No tibuteamos en afirmar que la obra de la catequización de los pueblos se ha realizado principalmente por la Liturgia. Ella es la que ha universalizado de hecho la verdad católica, concretándola en formas, ritos y plegarias que, sancionadas por la autoridad, consagradas por la tradición, “vividas” por el pueblo en la práctica ordinaria del culto, han ejercido un magisterio lento, íntimo, uniforme en la masa oyente.

El protestantismo fue suicida cuando suprimió la casi totalidad de los sagrados ritos; este hecho hizo más fácil la “pulverización” del pensamiento religioso en el pueblo. La Liturgia es un elemento generador y conservador de la verdad y un método para uniformar el pensamiento de las multitudes. (…) “La Liturgia es un troquel divino para la formación de los pueblos; sin la sagrada Liturgia no es posible un pueblo”; y un pueblo no se forma sin la base de un pensamiento.

Esta tradición histórica de “enseñanza”, que es el carácter distintivo de nuestra Liturgia, arranca de la naturaleza misma de nuestra religión. La vida cristiana es acción, es “milicia”; y una acción continuada y enérgica requiere no sólo el impulso inicial de la idea, sino un pensamiento fuerte, bien nutrido de la verdad de Dios. Por ello la Liturgia, que es la actuación normal y el alimento popular de la vida religiosa, debe tener sus raíces embebidas en el mismo pensamiento de Dios, para derivar a todo acto de vida cristiana el jugo de la verdad divina que la vigorice.

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