San Juan María Vianney sobre la Misa

4 08 2011

"Si conociéramos el valor de la Santa Misa nos moriríamos de alegría".

“Nuestro Señor está ahí escondido, esperando que vayamos a visitarlo y a pedirle. Él está ahí, en el sacra­mento de su amor; él suspira e intercede sin cesar junto a su Padre por los pecadores. Está ahí para consolarnos; por tanto, debemos visitarlo a menudo.

Cuánto le agrada ese pequeño rato que quitamos a nuestras ocupaciones, o a nuestros caprichos, para ir a rezarle, a visitarlo, a consolarlo de todas las injurias que recibe…

Cuando ve venir con prisa a las almas puras… ¡él les sonríe! ¡Y qué felicidad experiméntanos» en la presencia de Dios, cuando nos encontramos solos a sus pies, delan­te de los santos sagrarios!.

Nuestro Señor dijo: «Todo lo que pidan a mi Padre en mi nombre, él se lo concederá». Nunca habríamos pensado pedir a Dios su propio Hijo. Pero lo que el hombre no podría imaginar, Dios lo ha hecho. Lo que el hombre no puede decir ni pensar y que jamás se habría atrevido a desear, Dios, en su amor, lo ha dicho, lo ha pensado, lo ha ejecutado.

Sin la divina Eucaristía, no habría felicidad en este mundo, la vida no seria soportable. Cuando recibimos la santa comu­nión, recibimos nuestra alegría y nuestra felicidad

No digan que no son dignos de él. Es verdad que no son dignos, pero lo necesitan. Si lo que nuestro Señor hubiese tenido en cuenta hubiese sido nuestra dignidad, nunca habría instituido su hermoso sacramento de amor, pues nadie en el mundo es digno de él, ni los santos, ni los ángeles, ni los arcángeles; pero él ha tenido en cuenta nuestras necesidades, y todos tenemos necesidad de él. No digan que son pecadores, que tienen demasia­das miserias y que es por eso por lo que no se atreven a acercarse. Sería tanto como alguien que dijese que está demasiado enfermo, y que por eso no quiere probar un remedio, que no quiere llamar al médico.

Hijos míos, si comprendiéramos el precio de la santa comunión, evitaríamos hasta las mínimas faltas para tener la felicidad de poder comulgar más a menudo. Conservaría­mos nuestra alma siempre pura a los ojos de Dios.

Hijos míos, no hay nada tan grande como la Eucaristía. ¡Pongan todas las buenas obras del mundo frente a una comunión bien hecha: será como un grano de polvo delante de una montaña!

Si pudiésemos comprender todos los bienes encerra­dos en la santa comunión, no haría falta nada más para contentar el corazón del hombre… el avaro no correría tras los tesoros, ni el ambicioso tras la gloria; cada uno abandonaría la tierra, sacudiría el polvo y se iría volando a los cielos.

Cuando estamos ante el Santo Sacramento, en vez de mirar alrededor de nosotros, cerremos los ojos y abramos nuestro corazón; el Buen Dios nos abrirá el suyo. Nosotros iremos a él, y él vendrá a nosotros; uno pedirá y otro recibirá: será como un soplo de vida que pasará de uno a otro.

El que comulga se pierde en Dios como una gota de agua en el océano. No se los puede separar. Cuando acabamos de comulgar, si alguien nos dijera: « ¿Qué lleva usted a su casa?», podríamos responder: «Llevo el cielo». Un santo decía que somos puertas de Dios. Es verdad, pero no tenemos bastante fe. No comprendemos nuestra digni­dad. Saliendo de la mesa santa, somos tan felices como lo hubiesen sido los Reyes Magos si hubiesen podido llevarse al Niño Jesús.

¿Qué hace nuestro Señor en el sacramento de su amor? Él toma su buen corazón para amarnos, y de él hace salir un río de ternura y de misericordia para ahogar los pecados del mundo. Sin la divina Eucaristía, nunca habría felicidad en este mundo, la vida sería insoportable. Cuando recibimos la Santa Comunión, recibimos nuestra alegría y nuestra felicidad. Al comulgar… estamos obligados a decir, como San Juan: « ¡Es el Señor!». Quienes no sienten absolutamente nada al comulgar, dan lástima.

Se sabe cuando un alma ha recibido dignamente el sacramento de la Eucaristía, porque la Comunión llena el alma de tal amor, la transforma y cambia de tal manera, que ese alma ya no es la misma: ni en su manera de actuar, ni en sus palabras. Se hace humilde, amable, mortificada, caritativa y modesta; se lleva bien con todo el mundo. Es un alma capaz de los mayores sacrificios.

Hijos míos, todos los seres de la creación necesitan alimentarse para vivir. Pero el alma también tiene que alimentarse. ¿Dónde está su alimento? El alimento del alma, es el cuerpo y la sangre de Dios.

El alma no puede alimentarse más que de Dios. ¡Sólo Dios puede satisfacerla! ¡Sólo Dios puede saciar su ham­bre! ¡Necesita totalmente a su Dios! ¡Qué felices son las almas puras que tienen la felicidad de unirse a nuestro Señor por la comunión! En el cielo brillarán como bellos diamantes.

Vayan pues a la comunión, hijos míos, vayan a Jesús con amor y confianza. ¡Vayan a vivir de él, a fin de vivir por él! No digan que tienen demasiado que hacer. ¿No dijo el Divino Salvador: «vengan a mí ustedes que trabajan y que no pueden más; vengan a mí que los aliviaré?» ¿Podrían resistir a una invitación tan llena de ternura y de amistad?”.

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