Cardenal Isidro Gomá y el Sacerdocio de Cristo

10 08 2011

Recojamos las afirmaciones principales del Apóstol y tracemos con ellas la fisonomía sacerdotal de Jesús. La apología del Sumo Sacerdote Jesús es la de nuestra religión divina; sus glorias son nuestras glorias; su grandeza es la de nuestra religión, de nuestro sacerdocio, de nuestro culto. De aquí la importancia que en la vida cristiana tiene el verdadero concepto del sacerdocio de Cristo.

La primera condición del sacerdote, según el Apóstol, es la de mediador; y para ello es preciso que sea hombre; ni más, ni menos; ni superior ni inferior a la naturaleza humana (…). Esta es la primera condición del sacerdote, que sea hombre (…); que sea miembro orgánico de la sociedad que representa y que sea el intermediario entre Dios y la sociedad misma.

Digamos, de paso, que estas palabras del Apóstol encierran el reconocimiento oficial, en las divinas Escrituras, del carácter social de la religión. Si fuera ésta negocio estrictamente particular del hombre, ¿a qué vendría esta institución de unos hombres elegidos entre los demás para sostener las relaciones con la divinidad? ¿No podría cada cual entenderse con Dios sin intermediario, ofreciéndole dones y sacrificios a su placer? Y en estas palabras del Apóstol tenéis refutada la doctrina del Estado laico, de la sociedad sin Dios. No; la sociedad es esencialmente religiosa, como el hombre; para sus relaciones con Dios está el sacerdote, tomado de la sociedad, pero levantado sobre ella para acercarse a Dios y ofrecerle dones y sacrificios.

Jesucristo, sacerdote único de una sociedad universal y única como será su Iglesia, debía ser hombre que formara parte de este inmenso organismo social. Dios no es sacerdote; no puede serlo, porque es uno de los extremos de la mediación (…). Ni debe ser una naturaleza superior o inferior a la humana la que ejerza el oficio sacerdotal; porque el deber de la ofrenda y de la expiación incumbe personalmente a la criatura racional que recibió de Dios la vida y que pecó contra él. (…)

Y ved al Verbo cómo se hace hombre, tomando una naturaleza humana en las entrañas de la Virgen. Se hace hombre precisamente para ser sacerdote, porque el fin de la encarnación es la redención, y ésta debía lograrla Jesucristo por la gran función sacerdotal de su sacrificio. (…)

¡Bondad inmensa de Dios la de darnos a Jesucristo sacerdote! Pudo dárnoslo hombre como Adán, glorioso e inmortal, y no quiso. Nos lo dió como nos lo presenta san Pablo, con la carga de todas las miserias de la humanidad, excepto el pecado: en carne de dolor; con alma capaz de toda aflicción; sometiéndole a las condiciones de una vida durísima, sintonizada, por decirlo así, con la vida miserable de sus hermanos, semejante a ellos en todo, para que pudiera sentir nuestros dolores y acompañarnos en nuestras miserias. Hombre verdaderamente universal que nos llevaba a todos en Sí, porque era el Mediador de todos, debía llevar las miserias y los pecados de todos. (…) Jesucristo ha cargado con las miserias de todos y éstas las ha intensificado con un amor sacerdotal y de mediación que le hace el representante universal del dolor y la miseria humana. (…)

 


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