Sobre la Hispanidad (I)

5 10 2011

Anticipándonos a la celebración el día 12 de Octubre tanto de la advocación de la Virgen del Pilar como de la Hispanidad, queremos dar a conocer algunos textos sobre la Hispanidad, obra original y magnifica del espíritu español y católico, escritos por las mentes más preclaras que han abordado este tema. Quisiéramos empezar limpiando el nombre de la epopeya de la Hispanidad, tan manchado por la leyenda negra que gestaron las envidias de Inglaterra, Francia y demás países europeos cuando Alejandro VI, mediante la bula Inter caetera, concedía la mayor parte de las tierras americanas a España.

«La mayor difusión de la propaganda antiespañola comenzó durante los conflictos de holandeses e ingleses contra España en las décadas posteriores a 1560. En este momento histórico España e Inglaterra, iniciando su contienda en aguas americanas, avanzaron rápidamente hacia la brecha abierta, con un choque de carácter militar que habría de simbolizarse para siempre en la historia de la Armada Invencible. Los holandeses se rebelaron al mismo tiempo contra la forma de gobernar Felipe II en sus territorios patrimoniales de los Países Bajos. E Inglaterra, temerosa y envidiosa del poderío español, estimuló “benévolamente” a estos rebeldes y recibió de ellos una útil y cada vez más creciente cantidad de propaganda antiespañola.

Coincidente y relacionada con todos estos hechos, se produjo la publicación de las primeras versiones extranjeras de los tratados de Bartolomé de Las Casas. (…) Había un astuto plan detrás de esta concurrencia de propagando con guerra, como veremos. Y en el siglo previo a estos sucesos se evidenciaba ya algo de hispanofobia en diferentes áreas de Europa.

En efecto, durante largo tiempo se hallaba en fermentación un bien abonado semillero de actitudes y escritos antiespañoles. (…) En resumen, la mayor parte de las armas de propagando disponibles contra España estaban en vigor cuando dieron principio los conflictos hispano-holandeses e hispano-ingleses, encuentros amargos éstos, que dramatizaron, cristalizaron y dieron forma permanente a la Leyenda Negra que llegaría hasta nuestros días.» Philip W. Powell, La Leyenda Negra

«Hijo de España, escribo sus glorias. (…) Bien sé a cuantos contradigo, y reconozco los que se han de armar contra mí; mas no fuera yo español si no buscara peligros, despreciándolos primero para vencerlos después. (…) No ambición de mostrar ingenio me buscó este asumpto; sólo el ver maltratar con insolencia mi patria de los extranjeros (…) no habiendo para ello más razón de tener a los forasteros invidiosos, y a los naturales que en esto se ocupan despreciados. Y callara con los demás, si no viera que vuelven en lisencia desbocada nuestra humildad y silencio.

(…) ¡Oh, desdichada España! ¡Revuelto he mil veces en la memoria tus antigüedades y anales, y no he hallado por qué causa seas digna de tan porfiada persecución! (…) ¿Quién no nos llama bárbaros? ¿Quién no dice que somos locos, inorantes y soberbios, no teniendo nosotros vicio que no le debamos a su comunicación de ellos? ¿Supieran en España qué ley había para el que, lascivo, ofendía las leyes de la Naturaleza, si Italia no se lo hubiera enseñado? ¿Hubiera el brindis repetido aumentado el gasto a las mesas castellanas, si los tudescos no lo hubierran traído? Ociosa hubiera estado la Santa Inquisición si sus Melantones, Calvinos, Luteros y Zuinglios y Besas no hubieran atrevídose a nuestra fe. Y, al fin, nada nos pueden decir por oprobio, si no es lo que ellos tienen por honra y, averiguado, es en nosotros imitación suya. (…) Dos cosas tenemos que llorar los españoles: la una, lo que de nuestras cosas no se ha escrito, y lo otro, que hasta ahora lo que se ha escrito ha sido tan malo, que viven contentas con su olvido las cosas a que se no han atrevido nuestros cronistas, escarmentadas de que las profanan y no las celebran. (…) Pues aun lo que tan dichosamente se ha descubierto y conquistado y reducido por nosotros en Indias, está disfamado con un libro impreso en Ginebra, cuyo autor fué un milanés, Jerónimo Bonzón (…)» D. Francisco Gómez de Quevedo Villegas, España Defendida, y Los Tiempos de Ahora.

«La obra de España en América está hoy por encima de las exageraciones domésticas de Las Casas y de las cicaterías de la envidia extranjera. Es inútil, ni cabe en un discurso, reducir a estadísticas lo que acá se hizo, en poco más de un siglo, en todos los órdenes de la civilización. Al esfuerzo español surgieron, como por ensalmo, las ciudades, desde Méjico a Tierra del Fuego, con la típica plaza española y el templo, rematado en Cruz, que dominaba los poblados. Fundáronse universidades que llegaron a ser famosas, en Méjico y Perú, en Santa Fe de Bogotá, en Lima y en Córdoba de Tucumán, que atraía a la juventud del Río de la Plata. Con la ciencia florecían las artes; la arquitectura reproduce la forma meridional de nuestras construcciones, pero recibe la impresión del genio de la raza nueva; y el gótico, el mudéjar, el plateresco y el barroco de Castilla, León y Extremadura, logran un aire indígena al trasplantarse a las florecientes ciudades del Nuevo Mundo. La pintura y la escultura florecen en Méjico y Quito, formando escuela; trabajan los pintores españoles para las iglesias de América, y particulares opulentos legan sus colecciones de cuadros a las ciudades americanas. Fomentan la expansión de la cultura la sabia administración de Virreyes y Obispos, las Audiencias, castillo roquero de la justicia cristiana, los Cabildos y encomiendas, que forman paulatinamente un pueblo que es un trasunto del pueblo colonizador.

(…) Yo no sé si os habéis fijado en estas rollizas matronas que nos legó el arte del Renacimiento y que representan la virtud de la caridad: al aire los senos opulentos, de los que cuelgan mofletudos rorros, mientras otros, a los pies de la madre o asomando por encima de sus hombros, aguardan su turno para chupar el dulce néctar. Es España que hizo más que ninguna madre; porque engendró y nutrió, para la civilización y para Dios, a veinte naciones mellizas, que no la dejaron, ni las dejó hasta que ellas lograron vida opulenta y ella quedó exangüe.

Porque la obra de España ha sido, más que de plasmación, como el artista lo hace con su obra, de verdadera fusión (…). Fusión de sangre, porque España hizo con los aborígenes lo que ninguna nación del mundo hiciera con los pueblos conquistados: cohibir el embarque de españolas solteras para que el español casara con mujeres indígenas, naciendo así la raza criolla (…). Y el español, que en su propio solar negó a judíos y árabes la púrpura brillante de su sangre, no tuvo empacho de amasarla con la sangre india, para que la vida nueva de América fuera, con toda la fuerza de la palabra, vida hispanoamericana. Ved la distancia que separa a España de los sajones, y a los indios de Sudamérica de los pieles rojas.

Fusión de lengua en esta labor pacientísima con que los misioneros ponían en el alma y en los labios de los indígenas el habla castellana, y absorbían al mismo tiempo –sobre todo de labios de los niños de las Doctrinas– el abstruso vocabulario de cerca de doscientas, no lenguas, sino ramas de lenguas que se hablaban en el vastísimo continente. Gramáticas, Diccionarios, Doctrinas, [204] Confesionarios y Sermonarios, elaborados con amor de madre y paciencia benedictina, fueron la llave que franqueó a los españoles el secreto de las razas aborígenes y que permitió a éstas entrar en el alma de la madre España. Y paulatinamente se hizo el milagro de una Babel a la inversa, trocándose un pueblo de mil lenguas en una tierra que, valiéndome de la frase bíblica, no tenía más que un labio y una lengua, en la que se entendieron todos. Era la lengua ubérrima, dulce, clara y fuerte de Castilla.

Con la fusión de lengua vino la fusión, mejor, la transfusión de la religión. Porque el español, hasta el aventurero, llevaba a Jesucristo en el fondo de su alma y en la médula de su vida, y era por naturaleza un apóstol de su fe. Se ha dicho que el conquistador español, mostrando al indio con la izquierda un Crucifijo y blandiendo en su diestra una espada, le decía: «Cree o mueres.» ¡Mentira! Esto puede denunciar un abuso, no un sistema. La palabra cálida de los misioneros, su celo encendido y sus trazas divinas, su amor inexhausto a los pobres indios fueron, por la gracia, los que arrancaron al alma india de sus supersticiones horribles y la pusieron a los pies del Dios Crucificado.

Y a todo esto siguió la transfusión del ideal: el ideal personal del hombre libre, que no se ha hecho para ser sacrificado ante ningún hombre ni siquiera ante ningún dios, sino que se vale de su libertad para hacer de sí mismo un dios, por la imitación del Hombre-Dios. Y el ideal social, que consiste en armonizarlo todo alrededor de Dios, el Super Omnia Deus, para producir en el mundo el orden y el bienestar y ayudar al hombre a la conquista de Dios.

Esto es la suma de la civilización, y esto es lo que hizo España en estas Indias.» Card. Isidro Gomá, Apología de la Hispanidad

Anuncios

Acciones

Information




A %d blogueros les gusta esto: