Nuestra Señora del Pilar

11 10 2011

«Por lo que es en sí el hecho del descenso de la Virgen Santísima a Zaragoza y por la finalidad de su conmemoración, decimos, y esta es la tesis de este breve razonamiento, que estas fiestas centenarias deben ser una afirmación plena del sobrenaturalismo cristiano.

Lo sobrenatural es lo que está por encima y más allá de lo natural; y lo natural, con respecto al hombre, es lo que está al alcance directo de su conocimiento. (…)

¡Cosa rara en la historia de todas las civilizaciones, particularmente en la de las relaciones del hombre con la divinidad! Aunque lo sobrenatural no está al alcance normal del pensamiento humano, pero no se encuentra forma de civilización, desde las más rudimentarias a las más perfectas, que no tengan un núcleo de doctrina sobrenatural. La religión, alrededor de la cual se han concretado las civilizaciones y que les ha dado su carácter específico, ni son producto natural del pensamiento humano, como la pura filosofía, ni se han ceñido jamás a los límites de una ideología puramente humana. En el fondo de todas ellas se encuentra un contenido de sobrenaturalismo, más o menos racional, a veces absurdo. Fenómeno que no tiene explicación más que en el hecho de una revelación primitiva hecha por Dios mismo al primer hombre y que se ha adulterado según los pueblos y los siglos.

Notemos otro hecho, que llamó la atención a Lacordaire. Cuando lo sobrenatural se esfuma en la doctrina y en la vida de los pueblos, o se ridiculiza o se proscrie, las civilizaciones retroceden. Conclusión firme de la filosofía de la historia es que la fe en el misterio es el resorte más vital de los pueblos, cuyo ocaso coincide siempre con el de sus dioses.

Sería fácil una aplicación de estos principios a la civilización cristiana. Ha tenido ésta por alma la doctrina más amplia y profundamente sobrenatural. El mismo Dios vino a la tierra para enseñarla a los hombres. A la base de este edificio maravilloso, dos veces milenario, está una afirmación, simple y múltiple; está el Credo católico (…).

Cuando el sistema sobrenatural cristiano, maravilloso, se adentró en la vida personal y social y se paoderó de ella, la levantó a alturas jamás sospechadas por las viejas civilizaciones: ciencia y arte, culto, costumbres, instituciones sociales y políticas, han hecho de nuestra civilización cristiana una cumbre única entre todos los grandes relieves de la historia. Grecia y Roma, si se sopesan los valores fundamentales de una civilización, que son los del espíritu, no sufren una simple comparación con los siglos de oro del catolicismo. (…)

Graves son los síntomas de lo que vulgarmente llamamos “descristianización”. Hace tres siglos que bajamos rápida pendiente. El naturalismo, el laicismo, esencialmente opuestos al misterio, porque son la antítesis del sobrenaturalismo, han hecho en doscientos años espantosos progresos. Del libro han pasado a la vida. (…) Pío XII (…) ha señalado con trazos profundos, abiertos por su fuerte pensamiento y por el fuego de su caridad en el cuerpo de esta trabajada Europa, los grandes peligros del antimisterio, que para nosotros es la negación de la fe y la exaltación del Anticristo. (…)

Y aquí entra la aplicación de la tesis. ¿Qué significación tendrá el Centenario de la venida de la Virgen del Pilar en el momento actual de España y del mundo? Es obvia la respuesta. Tendrá la significación que brota del hecho mismo y de su comprensión con el actual momento. Para los católicos lo sobrenatural no es una ridícula fábula, como para tantos pueblos desgraciados. Es una idea y una historia. Una idea en que se concentra el sistema más vasto y luminoso de verdad sobre Dios, el hombre y el mundo y sus relaciones; y una historia que empieza en el paraíso y (…), diríamos que sigue todavía (…), porque todavía sigue el “misterio” vivificando el mundo.

Pues bien: el Pilar de Zaragoza es, para los españoles, la concreción de todo nuestro sistema sobrenatural. Es el símbolo de nuestro misterio. Es el punto histórico y geográfico por donde se nos inoculó la vida divina. (…)

Y la venida de la Virgen en carne mortal a Zaragoza es gloriosa realización de las tres etapas del sobrenaturalismo. Es la Madre de Dios que nos trae al Hijo de Dios. Es la Mujer, abismo de misterios (…) que viene de la Palestina a Zaragoza para meter en el alma española el misterio de su Hijo, que es el misterio de la vida divina en el hombre. Es el milagro de una Señora que visita a su Apóstol y le deja una prenda de su promesa de cristianización del país.

Todo está impregnado de misterio en la venida de la Virgen a Zaragoza. Es una historia de sobrenaturalismo que ya no se interrumpirá más. Porque en la vida de piedad de los españoles, y en nuestras tradiciones y en nuestra historia, sigue bajando la Virgen a Zaragoza siempre que o reclaman sus oficios de Madre de nuestra fe. Son diecinueve siglos de contacto de los españoles con el misterio de Jesucristo por ministerio de María Santísima.

Tal es el valor teológico-social del Centenario para los españoles. Es a la vez recordatorio y síntesis de “nuestro misterio”, del que ha labrado nuestra historia gloriosa; y ello en la forma específica de una amabilidad que no ha tenido igual en la historia de ningún otro pueblo.

Para el mundo, para la historia contemporánea, la resonancia que en el mundo tengan nuestras fiestas centenarias ha de tener el valor de un llamamiento a las alturas de donde cayó Europa. En el orden histórico, este jubileo centenario nos hace retroceder a los primeros días del Cristianismo, cuando “apareció la benignidad y la filantropía de nuestro Dios”, en frase del Apósto. Las instituciones se remozan recordando sus principios. A la cuna del cristianismo deben remontarse los pueblos para recordar el magno hecho de la redención por Jesucristo, “Sol del mundo” que nos alumbró la aurora de María.

En el orden dogmático, Jesucristo y María son la cifra del gran misterio que salvó al mundo: “Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo hecho de Mujer…”

Vea el mundo, durante este año centenario, las fiestas solemnísimas con que Zaragoza conmemora el descenso de la Virgen del Pilar; y ellas le recordarán que hay una doctrina y una vida cristiana que serían capaces de resolver los grandes problemas y evitar los males terribles que hoy se ciernen sobre Europa y el mundo si los hombres, en vez de un repudio suicida, tuvieran para ellas el abrazo cordial “que hace hijos de Dios a cuantos las reciben”, con la felicidad inmensa de que son semilla fecunda para la vida temporal y eterna.» Card. Isidro Gomá. Toledo, diciembre de 1939


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