Sobre la Hispanidad (III)

11 10 2011

«De un modo análogo a como el recuerdo de la monarquía española visigoda ejerció un influjo sobre los españoles privados del dominio de sus territorios durante la Reconquista, hoy el viejo ideal de la constitución política de las Españas, desterrado de las conciencias por dos siglos de “instrucción pública” antiespañola, debe erigirse en faro de nuestro actuar político.

Ni entonces fue, ni ahora es un proyecto político. Entonces fue, como ahora es, el reconocimiento de un deber. Siempre ha sido así. Los españoles americanos que se vieron atrapados por las guerras de la secesión, indios, negros, criollos y “gachupines”, lucharon sin el entusiasmo de un proyecto, que Fernando VII no podía ofrecerles. Lucharon con la resignación y la determinación del deber. El deber que imponían los ancestros les empujaba a luchar contra los advenedizos que prometían un sueño edificable sobre la tumba de la patria. Ésa era la lucha del pueblo, no la de los masones como Morillo o de los liberales como de la Serna y tantos otros jefes militares y políticos. Por ser una lucha que nace del deber y no de un proyecto ni un interés, convierte a sus protagonistas, como dice el testamento política de S. M. Carlos VII, en “obreros de lo porvenir”: “Trabajamos para la historia, no para el medro personal de nadie. Poco nos importaban los desdenes de la hora presente, si el grano de arena que cada un llevaba para la obra común podía convertirse mañana en base monolítica para la grandeza de la Patria”.

Durante casi ocho siglos, el viejo ideal apremió el combate de los españoles contra el alfanje. Desde que hace dos siglos se volviera a romper la Hispanidad, la piedad patria espera la satisfacción de sus derechos.» José Antonio Ullate Fabo, Españoles que No Pudieron Serlo

«Libres de los prejuicios de la leyenda negra y rehechos nuestros valores espirituales, unámonos en la obra solidaria de la cultura, entendida la palabra en su sentido más amplio y profundo. Cultura es cultivo: como estamos obligados a cultivar la tierra para que nos dé el sustento de cada día, así tenemos la obligación moral de cultivar la vida humana personal y socialmente, para lograr su máximo rendimiento y esplendor. Los pueblos sin cultura sucumben, porque son absorbidos o anulados en su personalidad histórica por los más cultos. La infiltración de la cultura de un pueblo en otro es el preludio de su conquista moral, especie de anexión de espíritus que importa como una servidumbre, que es desdoro para quien la presta.

Cierto que la cultura es patrimonio circulante, a cuya formación contribuyen y de que participan a su vez todos los pueblos. Pero hay pueblos parásitos que viven de la cultura ajena y pueblos fabricantes y exportadores de su cultura específica. Estos son los que imponen al mundo la ley de su pensamiento, en el orden especulativo, y acaban por imponer las ventajas de sus inventos científicos y los productos de sus fábricas.

No seamos parásitos ni importadores de cultura extranjera. Tenemos alma y genio que no ceden a los de ningún pueblo. Tenemos un fondo de cultura tradicional que el mundo nos envidia. Tenemos una lengua, vehículo de las almas e instrumento de cultura, que dentro de poco será la más hablada de la tierra y en la que se vacían, como en un solo troquel, el pensamiento y el corazón de veinte naciones que aprendieron a hablarla en el regazo de una misma madre. Y, sobre todo, tenemos la misma formación espiritual, porque son idénticos los principios cristianos que informan el concepto y el régimen de la vida.

¿Cómo fomentar esta obra solidaria de cultura? Españolizando en América y americanizando en España. Cuando dos se aman, piensan igual y sus corazones laten al unísono. Amémonos, americanos, y transfundámonos mutuamente nuestro espíritu; nos será más fácil entendernos que con otros, porque tenemos el paso a nivel de una misma tradición y de una misma historia.» Card. Isidro Gomá, Apología de la Hispanidad

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