Sobre la Santa Misa y la Eucaristía

19 10 2011

Sobre la distribución de la Eucaristía en la Misa

Santo Tomás de Aquino

«Corresponde al sacerdote la administración del cuerpo de Cristo por tres razones. Primera, porque, como acabamos de decir, consagra in persona Christi. Ahora bien, de la misma manera que fue el mismo Cristo quien consagró su cuerpo en la cena, así fue él mismo quien se lo dio a comer a los otros. Por lo que corresponde al sacerdote no solamente la consagración del cuerpo de Cristo, sino también su distribución.

Segunda, porque el sacerdote es intermediario entre Dios y el pueblo (Heb 5,1). Por lo que, de la misma manera que le corresponde a él ofrecer a Dios los dones del pueblo, así a él le corresponde también entregar al pueblo los dones santos de Dios.

Tercera, porque por respeto a este sacramento ninguna cosa lo toca que no sea consagrada, por lo tanto los corporales como el cáliz se consagran, lo mismo que las manos del sacerdote, para poder tocar este sacramento. Por eso, a nadie le está permitido tocarle, fuera de un caso de necesidad, como si, por ej., se cayese al suelo o cualquier otro caso semejante.» Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, IIIa, c.82

Catecismo de Trento

«Sólo a los sacerdotes se ha dado potestad para consagrar y administrar a los fieles la Sagrada Eucaristía. En efecto, es tradición apostólica que los fieles reciban los Sacramentos de los sacerdotes, y que éstos comulguen por sí mismos; y el Concilio de Trento declaró que esta tradición debe ser observada. Y la Iglesia no sólo concedió únicamente a los sacerdotes la potestad de administrar la Eucaristía, sino que prohibió además que nadie, sin estar consagrado, se atreva a tocar los vasos, lienzos y demás objetos sagrados necesarios para la consagración de este Sacramento, fuera del caso de grave necesidad.» Catecismo Romano

Nota: somos conscientes de que las normas actuales de la Iglesia según se establecen en la instrucción Redemptionis Sacramentum permiten, en caso de necesidad, que haya ministros extraordinarios en la distribución de la Eucaristía, así como la comunión en la mano donde la Conferencia de Obispos lo haya permitido. Extraemos estos textos para mostrar la disciplina tradicional de la Iglesia, sabiduría serena y elevada sobre los grandes misterios de nuestra fe católica. Sabiduría que, a nuestro humilde parecer, debiera ser recordada y reestablecida para la mayor dignidad del culto y respeto a las cosas santas.

Sobre los abusos litúrgicos

Concilio de Trento

«Si alguno dijere, que se pueden despreciar u omitir por capricho y sin pecado por los ministros, los ritos recibidos y aprobados por la Iglesia católica, que se acostumbran practicar en la administración solemne de los Sacramentos; o que cualquier Pastor de las iglesias puede mudarlos en otros nuevos; sea excomulgado.» Canon XIII de los Sacramentos en Común, Concilio de Trento.

Nota: Igualmente, no se encuentra vigente dicha disciplina eclesiástica. La señalamos con la misma intención de antes, en este caso recordar las tradiciones disciplinarias ante los abusos litúrgicos que, a nuestro entender, en buena medida requieren ser recordadas y reestablecidas. En cualquier caso, como dice Royo Marín: se estima generalmente como pecado mortal cuando se hace con advertencia y consentimiento perfectos: Añadir por propia cuenta alguna ceremonia u oración con ánimo de introducir un nuevo rito [refiriéndose a la Misa]. (Teología Moral para Seglares, Tomo II)

«Cuánto cuidado se deba poner para que se celebre, con todo el culto y veneración que pide la religión, el sacrosanto sacrificio de la Misa, fácilmente podrá comprenderlo cualquiera que considere, que llama la sagrada Escritura maldito el que ejecuta con negligencia la obra de Dios. Y si necesariamente confesamos que ninguna otra obra pueden manejar los fieles cristianos tan santa, ni tan divina como este tremendo misterio, en el que todos los días se ofrece a Dios en sacrificio por los sacerdotes en el altar aquella hostia vivificante, por la que fuimos reconciliados con Dios Padre; bastante se deja ver también que se debe poner todo cuidado y diligencia en ejecutarla con cuanta mayor inocencia y pureza interior de corazón, y exterior demostración de devoción y piedad se pueda. Y constando que se han introducido ya por vicio de los tiempos, ya por descuido y malicia de los hombres, muchos abusos ajenos de la dignidad de tan grande sacrificio; decreta el santo Concilio para restablecer su debido honor y culto, a gloria de Dios y edificación del pueblo cristiano, que los Obispos Ordinarios de los lugares cuiden con esmero, y estén obligados a prohibir, y quitar todo lo que ha introducido la avaricia, culto de los ídolos; o la irreverencia, que apenas se puede hallar separada de la impiedad; o la superstición, falsa imitadora de la piedad verdadera.» Decreto Sobre lo que se ha de observar, y evitar en la celebración de la Misa, Concilio de Trento.


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