Cómo vivir el “Misterio de Cristo” (I)

25 10 2011

En las cercanías de la fiesta de Cristo Rey y de Todos los Santos,  comenzamos una breve seríe de artículos,  extractos de la obra Teología de la Perfección Cristiana, del teólogo dominico Antonio  Royo Marín:

Per Ipsum, et cum Ipso, et in Ipso

La gloria de Dios como fin último absoluto, nuestra santificación como fin próximo al que hay que tender incesantemente, la incorporación a Cristo como único camino posible para conseguir ambas cosashe ahí la quintaesencia misma de la vida cristiana. En fin de cuentas, todo se reduce a vivir cada vez con mayor intensidad y perfección aquel “misterio de Cristo” que tenía obsesionado a San Pablo.

Hay una fórmula sublime que resume admirablemente todo lo que deberíamos hacer para escalar las más altas cumbres de la perfección cristiana. La emplea la Iglesia en el santo sacrificio de la misa, y constituye por sí sola uno de sus ritos más augustos.  El sacerdote, inmediatamente antes de pronunciar la incomparable oración dominical – el Padrenuestro- hace una genuflexión  ante el Santísimo Sacramento depositado sobre los corporales y cogiendo después reverentemente la sagrada hostia, traza con ella cinco cruces, tres sobre el cáliz y las otras dos fuera de él, al mismo tiempo que pronuncia estas sublimes palabras: “Per  ipsum, et cum ipso, et in ipso, est tibi Deo Patri  omnipotenti, in unitate Spíritu Sancti, omnis honor et gloria”.

Vamos a comentar esta breve fórmula,  y veremos cómo efectivamente está contenida  en ella la  quintaesencia de la vida cristiana y el camino único para llegar a la santidad.

La glorificación de la Trinidad Beatísima es el fin absoluto de la creación del mundo y de la redención y santificación del género humano. Pero en la economía actual de la Providencia y de la gracia, esa glorificación no se realiza sino por Jesucristo, con Jesucristo y en El.  De manera  que todo lo que pudiere intentar el hombre para glorificar  a Dios fuera de Cristo estaría completamente fuera del camino y sería completamente inepto para lograr esa finalidad. Todo se reduce, pues, a incorporarse cada vez más a  Cristo para hacerlo todo “por El, con El y en El, bajo el impulso del Espíritu Santo”.  Esta es  toda la vida cristiana.”



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