Cómo vivir el “Misterio de Cristo” (II)

25 10 2011

Continuamos con la serie de extractos  de la obra, Teología de la Perfección Cristiana.

“Per Ipsum…” Cristo es el único camino (Juan. 14,6) . Nadie puede ir al Padre sino  por El, ya que sólo El conoce al Padre y aquel a quien El quisiere revelárselo (Mt. 11,27).

De  manera que la preocupación fundamental, y casi podríamos decir la única,  del cristiano que quiere santificarse no ha de ser otra que la de incorporarse cada vez más intensamente a Cristo para hacerlo todo por El. Es preciso incorporar de tal manera a Cristo todas  nuestras buenas obras, que no nos atrevamos a presentar ante el Padre una sola de ellas sino por Cristo, a través de Cristo, por medio de Cristo. Esto complacerá  al Eterno Padre, en realidad, no tiene más que un solo amor  y una sola obsesión eterna – si es lícito hablar así- : su Verbo. Nada le interesa fuera de El; y si nos ama infinitamente a nosotros, es “porque nosotros amamos a Cristo y hemos creido que ha salido de Dios”; absolutamente por  nada más.  Lo ha dicho expresamente Cristo: ” El  Padre os ama, porque vosotros me amais  y habéis creído que yo salí de Dios” (Juan 16, 27).  ¡Sublime misterio, que debería convertir nuestro amor a Cristo en una especie de obsesión, la única de nuestra vida, como constituye la única de Su Padre celestial y constituyó y constituirá siempre la única de todos los santos! ¿Qué otra cosa hace la Iglesia y qué nos enseña en su divina liturgia sino únicamente esto? A pesar de ser la esposa inmaculada de Cristo en la que no hay la menor mancha ni arruga (efesios 5,27), la santa Iglesia no se atreve a pedirle nada al Eterno Padre en nombre propio, sino única y exclusivamente en el de su divino Esposo:  Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo…

        “… et cum Ipso…” Pero hacer todas las cosas por Cristo a través de Cristo, es poco todavía. Hay que hacerlas con El, en unión íntima con El.

La divinidad de Cristo, el Verbo de Dios, está presente de manera permanente y habitual en toda  alma en  gracia. Y el Verbo puede utilizar continuamente la virtud instrumental de su humaniad  santísima -a la que está unido hispostáticamente- para inundarnos de vida sobrenatural. No olvidemos que Cristo, Hombre-Dios, es la fuente y manantial único de la gracia y que la gracia de Cristo que nos santifica no es su gracia de unión -que es propia y exclusiva de El-, sino su gracia capital, esto es, la gracia habitual, de que está llena su alma santísima, y que se desborda de El sobre nosotros como de la cabeza refluye la vida a todos los miembros de un organismo vivo.

De manera que no es sublime ilusión, tan bella como irrealizable, eso de hacer todas las cosas con Cristo; es una realidad profundamente teológica. Mientras permanezcamos en gracia, Cristo está con nosotros, está dentro de nosotros -físicamente con su divinidad, virtualmente con su humanidad santísima-, y nada se opone a que lo hagamos todo con El, juntamente con El, íntimamente unidos a El. ¡Qué valor y precio adquieren nuestras obras ante el Eterno Padre cuando se las presentamos de esta manera incorporados a Cristo y  en unión con El! Sin esta unión no valdrían absolutamente nada: nihil, dice expresamente el mismo Cristo (Juan 15,5). Con El, en cambio, adquieren un valor absolutamente incomparable. Es la  gotita de agua que no vale nada por  sí misma, pero que, arrojada al cáliz y mezclada con el vino del sacrificio, se convierte en la sangre de Jesús, con todo su valor redentor y santificador rigurosamente infinito.

Todos los esfuerzos del cristiano han de encaminarsea aumentar e intensificar cada vez más su unión con Cristo. Ha de hacer todas las cosas con Jesús, en entrañable unión con El.  Oración, trabajo, recreo,comida, descanso…, todo ha de unirlo a Cristo para realizarlo juntamente con El. Un solo acto de Jesús glorifica más a Dios que le glorificarán, por toda la eternidad, todos los actos de todos los ángeles y bienaventurados juntos, incluyendo a la misma  inmaculada Madre de Dios. ¡Qué riquezas tan insondables tenemos en Cristo y cuánta pobreza y miseria fuera de El! Aun cuando  nos despedazáramos con disciplinas sangrientas, si no incorporamos esos dolores a los de Cristo, no tendrán valor ninguno.  Nuestra sangre es impura, y solamente mezclándose con la de Jesús puede tener algún valor ante Dios.  Los santos se aprovechaban sin cesar de estas inefables riquezas que el Eterno Padre ha puesto a nuestra disposición, y, a través de ellas, miraban con confiado optimismo el porvernir, sin que les asustase su pobreza.  “No te llames pobre teniéndome a mi” dijo el mismo Cristo a un alma que se lamentaba ante El de su miseria.

       “… Et in Ipso…” Sublime es todo lo que acabamos de recordar, pero hay algo mucho más alto todavía. Hacer todas las cosas por Cristo y con El es de un precio y valor incalculable . Pero hacerlas en El, dentro de El, identificados con El lleva hasta el paroxismo esta sublimidad y grandeza. Las dos primeras modalidades (por, con) son algo extrínsico a nosotros y nuestras obras; esta tercera nos mete dentro de Cristo, identificándonos, de alguna manera,  con El y nuestras obras con las suyas.  Tema sublime, que es necesario tratar con toda seriedad y exactitud para no deformarlo, rebajándole de nivel, o no desbordarlo, cayendo en lamentables extravíos.

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