Adviento (II)

29 11 2011

Sobre la oración

«(…) para comenzar con algún fundamento, que es considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante u muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, ansí como en el cielo hay muchas moradas. Que si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice El tiene sus deleites.

Pues, ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita? No hallo yo cosa con qué comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad, y verdaderamente apenas deven llegar nuestros entendimientos -por agudos que fuesen- a comprehenderla, ansí como no pueden llegar a considerar a Dios, pues El mesmo dice que nos crió a su imagen y semejanza. Pues si esto es, como lo es, no hay para qué nos cansar en querer comprehender la hermosura de este castillo; (…)

porque lo hemos oído y porque nos lo dice la fe, sabemos que tenemos almas; mas qué bienes puede haver en esta alma y quién está dentro en esta alma u el gran valor de ella, pocas veces lo consideramos, y ansí se tiene en tan poco procurar con todo cuidado conservar su hermosura; todo se nos va en la grosería del engaste u cerca de este castillo, que son estos cuerpos. (…)

Pues tornando a nuestro hermoso y deleitoso castillo, hemos de ver cómo podemos entrar en él. Parece que digo algún disbarate; porque si este es el ánima, claro está que no hay para qué entrar, pues se es él mesmo; como parecería desatino decir a uno que entrase en una pieza estando ya dentro.

Mas havéis de entender que va mucho de estar a estar; que hay muchas almas que se están en la ronda del castillo -que es adonde están los que le guardan- y que no se les da nada de entrar dentro ni saben qué hay en aquel tan precioso lugar ni quién está dentro ni aun qué piezas tiene. (…)

Decíame poco ha un gran letrado que son las almas que no tienen oración como un cuerpo con perlesía u tollido, que aunque tiene pies y manos, no los puede mandar. Que ansí son, que hay almas tan enfermas y mostradas a estarse en cosas esteriores, que no hay remedio ni parece que pueden entrar dentro de sí; porque ya la costumbre la tiene tal de haver siempre tratado con las savandijas y bestias que están en el cerco del castillo, que ya casi está hecha como ellas, y con ser de natural tan rica y poder tener su conversación no menos que con Dios, no hay remedio. (…)

Porque a cuanto puedo entender, la puerta para entrar en este castillo es la oración y consideración; no digo más mental que vocal, que como sea oración ha de ser con consideración. Porque la que no advierte con quién habla y lo que pide y quién es quien pide y a quién, no la llamo yo oración, aunque mucho menee los labrios. Porque aunque algunas veces sí será aunque no lleve este cuidado -mas es haviéndole llevado otras-, mas quien tuviese de costumbre hablar con la majestad de Dios como hablaría con su esclavo, que ni mira si dice mal, sino lo que se le viene a la boca y tiene deprendido por hacerlo otras veces, no la tengo por oración, ni plega a Dios que ningún cristiano la tenga de esta suerte. Que entre vosotras, hermanas, espero en Su Majestad no la havrá, por la costumbre que hay de tratar de cosas interiores, que es harto bueno para no caer en semejante bestialidad.» Santa Teresa de Jesús, Moradas del Castillo Interior

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La Santísima Virgen (II)

25 11 2011

Sobre el culto a la Santísima Virgen

«Indudablemente, el culto de María es medio convenientísimo para conseguir la salvación, pues con frecuencia, por la piedad y devoción para con ella, logran sus devotos innumerables bienes divinos; pues, como dice San Buenaventura, “es auxiliadora y amadora de todos los que la alaban, como éstos mismos saben por experiencia”. (…)

La oración es necesaria para salvarse, y así dice Santo Tomás: “Todo hombre está obligado a orar, por lo mismo que está obligado a procurarse bienes espirituales, que sólo Dios concede; y así no de otro modo que pidiéndolos a Dios pueden conseguirse”. (…)

Pero aunque no hay prohibición ninguna de invotar a Dios de una manera inmediata, sin embargo, según el orden establecido  por El mismo en las cosas, a saber, que los extremos se reduzcan a El por los medios, nuestras oraciones, por las que pedimos los beneficios divinos, deben presentársele por medio de los santos, a quienes rogamos que intercedan y pidan a Dios por nosotros. Ahora bien, entre todos los santos, tiene el primero y singularísimo lugar la Santísima Virgen, como lo expresa Leon XII en estas palabras: “¿Quien de entre todos los celestiales bienaventurados se atreverá a comprarse con la augusta Madre de Dios en merecer la gracia? ¿Y quién contemplará más claramente en el Verbo eterno las angustias que nos oprimen y las necesidades que nos agobian? ¿A quién se le ha dado potestad más alta para conmover a Dios? ¿Quién podrá equipararse a ella en sentimientos de maternal piedad?”

Por eso dice Suárez: “Sabe muy bien la Iglesia que la intercesión y oración de la Virgen es útil y necesaria sobre la de todos los demás santos; a ella más que a ningún otro debemos acudir en nuestras oraciones”.

Y ciertamente que no tan sólo alguna o rara vez, sino repetidas veces se ha de orar a la Santísima Virgen y pedir su patrocinio, para librarse continuamente de pecados mortales y marchar siempre por el camino de la salvación eterna, porque, como arguye Novato: “No es suficiente un solo acto de devoción para que el hombre se preserve siempre del pecado, sino tan sólo por algún tiempo; luego, para que en todo el curso de la vida evite los pecados mortales en todo momento, se requieren repetidos actos de devoción a la Santísima Virgen; y la razón está en que, aunque por algún acto de devoción a la Virgen consiga el hombre la divina gracia…, es, sin embargo, tanta la debilidad de la condición humana y tan vehementes las tentaciones del demonio, que no le es posible sostenerse mucho tiempo si no recibe nuevos dones de gracia, que Dios le concede por sus reiterados actos de devoción a María”. (…)

Por esto la necesidad del culto mariano es de derecho natural, no directo y explícito, sino indirecto e implícito, ya que por derecho natural está mandado que busquemos los medios proporcionados a la consecución del fin que ha de hacernos dichosos y evitemos todo lo que a él se oponga.

Ahora bien, por voluntad de Dios, es medio moralmente necesario para salvarse la devoción a la Santísima Virgen, y un obstáculo no pequeño su abandono.» Extractos deTratado de la Virgen Santísima de Gregorio Alastruey





La Santísima Virgen (I)

22 11 2011

La cooperación de María en la dispensación de las gracias

«(..) Por ley general se ha determinado que, según el presente orden de providencia divina, obtengamos todas las gracias mediante la intervención de la Santísima Virgen.

Esta cuestión de la cooperación de la Santísima Virgen a la dispensación de las gracias, comprende, no ya moralmente, sino numéricamente, o, en su número, todas las gracias redentivas que desde la comisión del pecado original se conceden a los hombres (aunque la intervención de María haya de entenderse de distinto modo cuando se trata de los que en el Viejo Testamento son anteriores a Cristo y a María (…)); en cuya universalidad entran las gracias de todo género, internas y externas, habituales y actuales, gratum facientes et gratis datae, sacramentales y extrasacramentales, ordinarias y extraordinarias, pedidas y no pedidas, así como las que son directamante impetradas por la Virgen y las que lo son por Cristo y por los santos; en una palabra, los beneficios todos que, en orden a la vida eterna, se conceden a los hombres en la presente economía.

Se exceptúan de esta cooperación los dones de la gracia concedidos a Cristo y a la misma Virgen. (…)

Finalmente, en esta cuestión no se estudia la potestad dada a María, con la cual puede, por su intercesión poderosísima, obtener todo lo que de algún modo se refiere a la salvación, sino su cooperación actual o su intervención particular en el caso de cada uno de los hombres para obtenerles todas y cada una de las gracias desde el día de su gloriosa asunción a los cielos, sin entrar por ahora en el tiempo de su vida en este mundo.

(…) Teniendo en cuenta, sin embargo, el magisterio ordinario de la Iglesia, la tradición católica (menos clara en la antigüedad y más expresa en tiempos posteriores), la opinión concorde de los teólogos actuales, el sentir y la piedad común del pueblo cristiano, puede afirmarse que la intervención o mediación universal de María en la distribución de las gracias es, al menos, doctrina próxima a la fe.» Extractos de Tratado de la Virgen Santísima de Gregorio Alastruey





Misa Tradicional en todos los Santos Lugares

18 11 2011

Basílica del Santo Sepulcro

A través de la web Acción Litúrgica hemos tenido conocimiento de que Monseñor Fouad Twal, Patriarca Latino de Jerusalén,  ha publicado un decreto relativo a la aplicación de la Forma Extraordinaria del Rito Romano en los santuarios y basílicas.  El decreto establece, entre otas cosas, que cada santuario debe tener disponible un Misal Romano de 1962 y los ornamentos y objetos litúrgicos necesarios para esta forma y que se procurará que todas las iglesias dispongan de al menos un altar con la orientación adecuada para las celebraciones. Estas medidas de tipo práctico son necesarias para poder ejercer el derecho de los fieles a participar en esta milenaria liturgia, que de otra manera se vería claramente obstaculizada.
Nos alegramos de que la Misa de San Pío  V, hoy denominada Forma Extraordinaria del Rito Romano, vuelva a celebrarse en los Santos Lugares.

Lugar del nacimiento de Nuestro Señor. Basílica de la Natividad.





Sobre el Sacrificio (III)

15 11 2011

El sacrificio eucarístico y la vida cristiana

«Toda la vida religiosa de la humanidad gira en torno de la Cruz. Si el sacrificio es como la entraña de la vida de relación entre Dios y los hombres, la Cruz es el hecho que nos explica el misterio de vida que se encierra en todo sacrificio.

Cristo crucificado aparece en la cúspide que une las dos vertientes de la historia. Los sacrificios anteriores a Cristo eran figurativos del sacrificio del Valcario. (…) Cristo crucificado era, pues, en esperanza el resorte de la vida religiosa del Testamento Viejo. También lo será del Nuevo: no en esperanza o por simple recuerdo, sino por la reproducción real, numérica del sacrificio de la Cruz, que se realizará, por la amorosa sabiduría de Dios, sobre los altares cristianos cada vez que se ofrezca el sacrosanto sacrificio de la Misa.

(…) Pero, ¡qué diferencia entre las hostias antiguas y la Hostia inmaculada de nuestros altares! Aquéllas eran tan sólo ansias, remedo, esperanza, simulacro de vida. La Misa, sacrificio cristiano, es la misma plenitud de vida de la Cruz. Es también la “Hostia de Jesucristo”: Hostia sua, según la gráfica expresión de San Pablo, porque el mismo Sacerdote, la misma ofrenda, la misma función vital de Cristo en el Calvario, se hallan en los altares cristianos. Sólo difieren, el sacrificio de la Cruz y el de la Misa, en la forma de la ofrenda (…). En la Cruz hubo muerte real, y real derramamiento de la Sangre de Jesús: en la Misa son místicas, aunque reales, la mactación de la Víctima divina y la efusión de su Sangre. La substancia de ambos sacrificios es idéntica.

(…) La Cruz y la Misa son, substancialmente, el mismo rito divino, la misma Liturgia santa, cuyo fin es establecer una corriente de vida divina en el seno de la humanidad. “Cristo, dice santo Tomás, inauguró con su pasión el rito de la religión cristiana, ofreciéndose a sí mismo oblación y hostia a Dios”. “Sacrificio único para nuestra salvación”, llama san Agustín al de la Eucaristía, en cuanto es la secular prolongación de la inmolación de Cristo en el Calvario.

(…) ¡Oh, muerte reiterada de Cristo que ya no muere! Muerte deliciosa, que Cristo glorioso ve todos los días desde el cielo reproducirse en la tierra; que, sin dolor ni daño de la Víctima, sabes arrancar del seno del Inmortal los tesoros de la vida divina que haga inmortales a los hombres.» Card. Isidro Gomá, La Eucaristía y la Vida Cristiana





Sobre el Sacrificio (II)

12 11 2011

El sacrificio de la Cruz y la vida sobrenatural

Card, Isidro Gomá

«Jesucristo crucificado es la solución del tremendo problema. La inmolación de Cristo es la suma latría, eucaristía, impetración y propiciación, porque es función profundamente vital del Hijo de Dios vivo que da su vida para que en el mundo se restauren la adoración, acción de gracias, petición de dones y expiación de crímenes, en el orden más elevado que Dios pudiese exigir.

En la oblación de Cristo en la Cruz, el sacerdote, ofrenda y acto sacrificial son la más alta expresión de la vida sobrenatural. (…)

¿Frutos de vida divina que brotan del árbol de la Cruz? Es el primero la adoración perfecta, la suma servidumbre, la latría prestada a Dios por un Hombre en el mismo plano sobrenatural y en la misma altura de Dios, por su “Hijo, sacerdote, eternamente perfecto”. Cuando en el Gólgota, Jesús inclinaba la cabeza y moría: (…) en este acto de vitalidad profunda, porque es el acto supremo de la libertad del Hombre-Dios, se consumaba el único sacrificio de adoración a Dios adecuado a la infinidad de su Ser. El mundo, atónito, se estremeció ante la grandeza del holocausto.

Cristo Crucificado (Velázquez)

La Cruz es Eucaristía o acción de gracias. Jesús fue Eucaristía viva (…) La muerte de Jesús, como su vida, y como síntesis de ella, es la gran función eucarística de los siglos. El sacerdote Jesús agradece con ella al Padre los dones de que le ha colmado: la unión hipostática, la santificación, la paternidad sobrenatural en el mundo de los espíritus, el poder absoluto que le dio, Omnis potestas, en el cielo y en la tierra, y sobre todo, la mediación que le hizo Redentor de la humanidad.

El sacrificio de la Cruz es impetración. Nadie pudo jamás orar como Cristo. En Él era el mismo Yo el que rogaba y el que concedía: (…) ¿cuánto más debía oír la voz de su sangre, “más elocuente que la de Abel”, figura de su sacrificio? ¡Súplica de perdón, y de santificación, y de conquista, y de destrucción del crimen, y de vida y gloria sobrenaturual la que el divino Orante, extendidos en Cruz los brazos, dirigiría al Padre, acompañado de los suspiros de su pecho dolorido y del gotear de su Sangre que salía de cien heridas, bocas divinas de muda, pero eficacísima oración!

Pero, sobre todo, la Cruz es propiciación o expiación. Ella es el puente que echó Cristo desde la tierra a las rriberas de Dios, inabordables antes por el pecado. Ella es la que estrecha en sus brazos a los hombres para introducirlos a la vida de Dios. Ella, en frase sublime de la Liturgia, es la balanza en que se pesó el peso de nuestra vida y que, al ponerse a fiel, nos arrancó de las fauces de la muerte(…). Es la Cruz la realidad completiva de los antiguos sacrificios sangrientos por los que la humanidad reconoció de una manera solemne, durante siglos, la deuda de sangre que había contraído con Dios. Cristo paga esta deuda; nos reconcilia con Dios y nos redime para siempre (…).» Card. Isidro Gomá, La Eucaristía y la Vida Cristiana





Sobre el Sacrificio

8 11 2011

El Sacrificio, función profundamente vital

«Si la religión, como hemos dicho, es una vida, el sacrificio, que pertenece a la esencia de la religión, debe ser un acto profundamente vital. Su naturaleza y su historia demuestran que realmente es así.

Es el sacrificio “la ofrenda sacerdotal de una cosa sensible, inmutándola o destruyéndola, en señal legítimamente instituida del honor y reverencia que el hombre debe a su Criador”.

Hay entre Dios y el hombre una relación indestructible que podríamos llamar de carácter vital. Dios vivo ha creado al hombre, ser vivo, con el triple género de vida que a Dios plugo crear en el mundo [vegetativa, sensitiva y racional]. Este acto de la creación origina una relación de soberanía por parte de Dios, de dependencia por parte del hombre: y en esta relación se funda una función de servidumbre, la latria, de los griegos; es decir, el reconocimiento de la majestad, del poder, del señorío de Dios de quien hemos recibido el ser y la vida.

Reconocimiento; esto es, acto espiritual de pensamiento, libertad y amor, que son lo más alto y profundo de la vida del hombre y que arrastran a todo su ser y a toda su vida para rendir pleitesía integral al Dios vivo que le dio la vida. Reconocimiento que tiene su concreción más universal y más viva en el sacrificio, y que puede manifestarse en las cuatro grandes formas en que aparecen los sacrificios en la historia: la adoración, por la que confesamos a Dios como Señor absoluto de nuestro ser; la acción de gracias o eucaristía, por la que correspondemos a sus beneficios con la gratitud de nuestro corazón y nuestro espíritu; la impetración, que hace solicitar a nuestra miseria nuevos dones del supremo Dador de todos ellos; y la expiación o propiciación, que es el reconocimiento de nuestra miseria moral, con la ofrenda para aplacar a Dios ofendido.» Card. Isidro Gomá, La Eucaristía y la Vida Cristiana