Sobre el Sacrificio

8 11 2011

El Sacrificio, función profundamente vital

«Si la religión, como hemos dicho, es una vida, el sacrificio, que pertenece a la esencia de la religión, debe ser un acto profundamente vital. Su naturaleza y su historia demuestran que realmente es así.

Es el sacrificio “la ofrenda sacerdotal de una cosa sensible, inmutándola o destruyéndola, en señal legítimamente instituida del honor y reverencia que el hombre debe a su Criador”.

Hay entre Dios y el hombre una relación indestructible que podríamos llamar de carácter vital. Dios vivo ha creado al hombre, ser vivo, con el triple género de vida que a Dios plugo crear en el mundo [vegetativa, sensitiva y racional]. Este acto de la creación origina una relación de soberanía por parte de Dios, de dependencia por parte del hombre: y en esta relación se funda una función de servidumbre, la latria, de los griegos; es decir, el reconocimiento de la majestad, del poder, del señorío de Dios de quien hemos recibido el ser y la vida.

Reconocimiento; esto es, acto espiritual de pensamiento, libertad y amor, que son lo más alto y profundo de la vida del hombre y que arrastran a todo su ser y a toda su vida para rendir pleitesía integral al Dios vivo que le dio la vida. Reconocimiento que tiene su concreción más universal y más viva en el sacrificio, y que puede manifestarse en las cuatro grandes formas en que aparecen los sacrificios en la historia: la adoración, por la que confesamos a Dios como Señor absoluto de nuestro ser; la acción de gracias o eucaristía, por la que correspondemos a sus beneficios con la gratitud de nuestro corazón y nuestro espíritu; la impetración, que hace solicitar a nuestra miseria nuevos dones del supremo Dador de todos ellos; y la expiación o propiciación, que es el reconocimiento de nuestra miseria moral, con la ofrenda para aplacar a Dios ofendido.» Card. Isidro Gomá, La Eucaristía y la Vida Cristiana

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