Sobre el Sacrificio (III)

15 11 2011

El sacrificio eucarístico y la vida cristiana

«Toda la vida religiosa de la humanidad gira en torno de la Cruz. Si el sacrificio es como la entraña de la vida de relación entre Dios y los hombres, la Cruz es el hecho que nos explica el misterio de vida que se encierra en todo sacrificio.

Cristo crucificado aparece en la cúspide que une las dos vertientes de la historia. Los sacrificios anteriores a Cristo eran figurativos del sacrificio del Valcario. (…) Cristo crucificado era, pues, en esperanza el resorte de la vida religiosa del Testamento Viejo. También lo será del Nuevo: no en esperanza o por simple recuerdo, sino por la reproducción real, numérica del sacrificio de la Cruz, que se realizará, por la amorosa sabiduría de Dios, sobre los altares cristianos cada vez que se ofrezca el sacrosanto sacrificio de la Misa.

(…) Pero, ¡qué diferencia entre las hostias antiguas y la Hostia inmaculada de nuestros altares! Aquéllas eran tan sólo ansias, remedo, esperanza, simulacro de vida. La Misa, sacrificio cristiano, es la misma plenitud de vida de la Cruz. Es también la “Hostia de Jesucristo”: Hostia sua, según la gráfica expresión de San Pablo, porque el mismo Sacerdote, la misma ofrenda, la misma función vital de Cristo en el Calvario, se hallan en los altares cristianos. Sólo difieren, el sacrificio de la Cruz y el de la Misa, en la forma de la ofrenda (…). En la Cruz hubo muerte real, y real derramamiento de la Sangre de Jesús: en la Misa son místicas, aunque reales, la mactación de la Víctima divina y la efusión de su Sangre. La substancia de ambos sacrificios es idéntica.

(…) La Cruz y la Misa son, substancialmente, el mismo rito divino, la misma Liturgia santa, cuyo fin es establecer una corriente de vida divina en el seno de la humanidad. “Cristo, dice santo Tomás, inauguró con su pasión el rito de la religión cristiana, ofreciéndose a sí mismo oblación y hostia a Dios”. “Sacrificio único para nuestra salvación”, llama san Agustín al de la Eucaristía, en cuanto es la secular prolongación de la inmolación de Cristo en el Calvario.

(…) ¡Oh, muerte reiterada de Cristo que ya no muere! Muerte deliciosa, que Cristo glorioso ve todos los días desde el cielo reproducirse en la tierra; que, sin dolor ni daño de la Víctima, sabes arrancar del seno del Inmortal los tesoros de la vida divina que haga inmortales a los hombres.» Card. Isidro Gomá, La Eucaristía y la Vida Cristiana


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