La Santísima Virgen (II)

25 11 2011

Sobre el culto a la Santísima Virgen

«Indudablemente, el culto de María es medio convenientísimo para conseguir la salvación, pues con frecuencia, por la piedad y devoción para con ella, logran sus devotos innumerables bienes divinos; pues, como dice San Buenaventura, “es auxiliadora y amadora de todos los que la alaban, como éstos mismos saben por experiencia”. (…)

La oración es necesaria para salvarse, y así dice Santo Tomás: “Todo hombre está obligado a orar, por lo mismo que está obligado a procurarse bienes espirituales, que sólo Dios concede; y así no de otro modo que pidiéndolos a Dios pueden conseguirse”. (…)

Pero aunque no hay prohibición ninguna de invotar a Dios de una manera inmediata, sin embargo, según el orden establecido  por El mismo en las cosas, a saber, que los extremos se reduzcan a El por los medios, nuestras oraciones, por las que pedimos los beneficios divinos, deben presentársele por medio de los santos, a quienes rogamos que intercedan y pidan a Dios por nosotros. Ahora bien, entre todos los santos, tiene el primero y singularísimo lugar la Santísima Virgen, como lo expresa Leon XII en estas palabras: “¿Quien de entre todos los celestiales bienaventurados se atreverá a comprarse con la augusta Madre de Dios en merecer la gracia? ¿Y quién contemplará más claramente en el Verbo eterno las angustias que nos oprimen y las necesidades que nos agobian? ¿A quién se le ha dado potestad más alta para conmover a Dios? ¿Quién podrá equipararse a ella en sentimientos de maternal piedad?”

Por eso dice Suárez: “Sabe muy bien la Iglesia que la intercesión y oración de la Virgen es útil y necesaria sobre la de todos los demás santos; a ella más que a ningún otro debemos acudir en nuestras oraciones”.

Y ciertamente que no tan sólo alguna o rara vez, sino repetidas veces se ha de orar a la Santísima Virgen y pedir su patrocinio, para librarse continuamente de pecados mortales y marchar siempre por el camino de la salvación eterna, porque, como arguye Novato: “No es suficiente un solo acto de devoción para que el hombre se preserve siempre del pecado, sino tan sólo por algún tiempo; luego, para que en todo el curso de la vida evite los pecados mortales en todo momento, se requieren repetidos actos de devoción a la Santísima Virgen; y la razón está en que, aunque por algún acto de devoción a la Virgen consiga el hombre la divina gracia…, es, sin embargo, tanta la debilidad de la condición humana y tan vehementes las tentaciones del demonio, que no le es posible sostenerse mucho tiempo si no recibe nuevos dones de gracia, que Dios le concede por sus reiterados actos de devoción a María”. (…)

Por esto la necesidad del culto mariano es de derecho natural, no directo y explícito, sino indirecto e implícito, ya que por derecho natural está mandado que busquemos los medios proporcionados a la consecución del fin que ha de hacernos dichosos y evitemos todo lo que a él se oponga.

Ahora bien, por voluntad de Dios, es medio moralmente necesario para salvarse la devoción a la Santísima Virgen, y un obstáculo no pequeño su abandono.» Extractos deTratado de la Virgen Santísima de Gregorio Alastruey


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