Adviento (IV)

12 12 2011

Fray Luis de Granada

«Para muchas cosas es en gran manera provechosa la consideración de la muerte, y especialmente para tres. La primera, para alcanzar la verdadera sabiduría, que es saber el hombre regir y ordenar su vida. Porque, como dicen los filósofos, en las cosas que se ordenan a algún fin, la regla y medida para encaminarlas se toma del mismo fin. Y por esto, los que edifican, los que navegan y, finalmente, todos los que algo quieren hacer, siempre ponen los ojos en el fin que pretenden, y conforme a él encaminan todo lo demás. Pues como entre todos los fines y términos de nuestra vida uno de ellos sea la muerte (donde todos vamos a parar), el que quisiere acetar a encaminar bien su vida, ponga los ojos en este blanco y, conforme a él, encamine todo lo que hubiese de hacer. Mire cuán pobre y desnudo ha de salir aquí, y cuán recio juicio ha de pasar allí, y cuán hollado y olvidado ha de estar en la sepultura; y, conforme a esto, mire cómo ordena su vida. (…)

De no mirar este fin nacen todos nuestros yerros. De aquí nace nuestra presunción y nuestra soberbia, nuestra codicia, nuestros regalos, y las torres de viento que edificamos sobre arena. Porque si pensásemos cuáles nos hemos de ver de aquí a pocos días en aquella pobre casa, más humilde y más templada sería nuestra vida. ¿Cómo tendría presunción quien allí mirase cómo es  polvo y ceniza? ¿Cómo tendría por Dios a su vientre quien allí mirase cómo es manjar de gusanos? ¿Quién levantaría tan altos sus pensamientos, viendo cuán flaco es el cimiento sobre que se fundan? ¿Quién andaría perdido buscando riquezas por mar y por tierra, viendo que le han de hacer allí pago con una pobre mortaja? Finalmente, todas las obras de nuestra vida se corregirían si todas las midiésemos con esta regla.

Por esto decían los filósofos que la vida del sabio no era otra cosa sino un continuo pensamiento de la muerte. Porque esta consideración enseña al hombre lo que es algo, y lo que es nada; lo que debe seguir, y lo que debe huir, conforme al fin en que ha de parar. (…)

Lo segundo, aprovecha esta consideración para apartarnos del pecado, según que lo testifica el Eclesiástico, diciendo: Acuérdate de tus postrimerías, y nunca jamás pecarás (Si 7,40). Gran cosa es no pecar, y gran remedio es para esto acordarse el hombre que ha de morir. (…)

Por esto es de creer, cierto, que el demonio trabaja cuanto puede por hacernos perder esta memoria; porque sabe él muy bien cuánto ganaríamos con ella. Porque de otra manera, ¿cómo sería posible olvidarse los hombres de una cosa tan terrible y tan espantable, y que de tan de cierto saben que ha de venir por sus casas? (…) Por grandísima maravilla tengo que, estando los hombres tan cuidadosos en cosas de paja, vivan tan descuidados en cosa que tanto va.

Lo tercero, aprovecha esta consideración no sólo para bien vivir, como está dicho, sino, allende de esto, para bien morir. Grande ayuda es el apercibimiento para las cosas arduas y dificultosas. Un tan grande salto como es el de la muerte, que llega desde esta vida a la otra, no se puede bien saltar si no se toma de muy atrás y muy de lejos la corrida. Ninguna cosa grande se hace bien de la primera vez. Y pues tan grande cosa es el morir, y tan necesaria el bien morir, muramos muchas veces en  la vida, por que acertemos morir bien aquella vez en la muerte. (…)» Fray Luis de Granada, Libro de Oración


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