La Liturgia

20 01 2012

En los años ’60 se difundió una apertura indiscriminada de numerosos hombres de Iglesia al pensamiento moderno, muchas veces protagonizada por teólogos claramente opuestos a las enseñanzas de la Misma. En esta asimilación se introdujeron y expandieron muchos principios que, por su condición de errores son incompatibles con la Fe católica. Y es que estos teólogos olvidaron que la Iglesia es una sociedad -y, además, perfecta- que tiene su propia filosofía y teología -el tomismo, principalmente- y que, al abandonar o mixturizar este recto pensamiento con vanidades y errores del mundo, La perjudicaban enormemente. Ahora bien, como no puede ser de otra forma, de todo principio se derivan consecuencias que llegan hasta los extremos más visibles. Al caso que nos queremos referir ahora es la Liturgia.


En esta bitácora nos hemos hecho eco numerosas veces del daño que para la Fe y la Iglesia constituyen los abusos litúrgicos. Es obvio que los abusos litúrgicos se producen por alguna razón de fondo, que motiva o da pie a que se produzcan. Una de las muchas raíces que podemos encontrar de esta razón es el subjetivismo. Semejante patrón de pensamiento considera que el fundamento último de la bondad o verdad de las cosas está en el hombre y no en la misma naturaleza de las cosas. Y de este principio surge la creencia errónea de que podemos (e, incluso, debemos) dar culto a Dios como a nosotros nos parezca bien. Como corolario se consideran un constreñimiento las reglas y rúbricas litúrgicas que impiden la libre creatividad o la espontaneidad del celebrante o de los propios fieles. Sin embargo, si llevamos este principio a sus últimas consecuencias, ¿por qué no íbamos a, directamente, dejar de asistir a Misa si, al fin y al cabo, toda forma de rendir culto a Dios es buena? ¿Qué necesidad de asistir a Misa y no dar culto como a uno le viene en gana en su propia casa? Incluso más, ¿por qué dar culto a Dios? Si, al final, yo considero que no dándole culto a Dios no le ofendo, ¿por qué iba a dárselo?

Pero todavía se puede extrapolar este erróneo principio más allá, hacia la moral y la fe. Porque si, en última instancia todo se reduce a la voluntad del hombre, ¿por qué no iba a cambiar la moral o la fe? Si ciertas normas morales no gustan, se ignoran. Si ciertas verdades de fe resultan demasiado duras, se borran. ¿Qué lo impide si hemos concedido que el fundamento de la verdad es el individuo? No cabe duda de que el subjetivismo es un absurdo, ya expresado por el sofista Protágoras: “el hombre es la medida de todas las cosas”. Al final, siguiendo esta línea, desembocamos en el más vulgar de los protestantismos, donde cada cual se hace la religión a su medida.

La realidad, sin embargo, es muy otra. Evidentemente Dios quiere recibir un culto, y quiere que sea de una forma determinada y que cumpla con unos fines específicos. El culto es objetivo, conforme a la voluntad de Dios, y custodiado por la Iglesia. Igualmente pasa con la Fe, que es la inteligencia de Dios que perfecciona a la del hombre, dándole a conocer verdades que se escapan a las solas fuerzas de su razón. Verdades, además, que necesita para salvarse. E, igualmente con la moral que, conforme a la ley natural establecida por Dios, perfecciona al hombre haciéndole ejercitar la virtud en orden a su fin sobrenatural. El subjetivismo choca frontalmente contra el pensamiento tradicional de la Iglesia y el sofisma que lleva en sus entrañas es un principio disolvente de la fe, la moral y el culto. Poco importa que sea un sofismo moderno y que venga revestido con ropajes de gran erudición, su raíz es una falacia que el básico principio de no contradicción destruye.

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