La Iglesia Católica (II)

27 01 2012

Notas de la verdadera Iglesia

«Jesucristo fundó una sola Iglesia y, por lo tanto, la verdadera Iglesia cristiana no puede ser sino una. Sin embargo, además de la Iglesia católica, hay otras que reivindican para sí el título de cristianas y presumen de ser la verdadera Iglesia de Jesucristo. Tales son, por ejemplo, las diversas iglesias protestantes -la luterana, la anglicana, la calvinista, etc.-, la griega cismática, la rutena o rusa y algunas otras. Claro está que ninguna de esas sociedades religiosas, surgidas en el decurso de los siglos del cisma o de la herejía, puede ser la auténtica Iglesia de Cristo; ni siquiera tienen dichas sociedades el derecho de llamarse cristianas, porque no fueron fundadas Por Jesucristo, sino por unos hombres orgullosos y rebeldes. Por eso su nombre más adecuado es “sectas religiosas”, ya que en realidad son partes separadas de la verdadera Iglesia, ramas desgajadas del árbol de la vida.

Es necesario, pues, demostrar que la Iglesia católica es la verdadera Iglesia, tarea no difícil, por cuanto Jesucristo la dotó de unos carecteres o propiedades que la contradistinguen abiertamente de las iglesias falsas y que brotan de su misma naturaleza.

Las propiedades características de la Iglesia fundada por Jesucristo, llamadas “notas”, en cuanto la dan a conocer a quien la compara con las iglesias falsas, son cuatro, a saber: la unidad, la santidad, la catolicidad y la apostolicidad.

1) La unidad: La verdadera Iglesia debe ser una, en el sentido de que todos sus miembros han de estar unidos entre sí con los tres lazos de la unidad de doctrina, unidad de comunión y unidad de régimen. Por la unidad de doctrina la Iglesia ha de exigir a todos sus miembros la profesión de una misma fe; por la unidad de comunión ha de exigir de ellos la participación de unos mismos Sacramentos y de un mismo culto; por la unidad de régimen ha de exigirles la plena sumisión a un mismo Jerarca supremo.

2) La santidad: La verdadera Iglesia es santa. Jesucristo, dice San Pablo, amó a su Iglesia y se sacrificó por ella. La Iglesia de Jesucristo ha de ser santa: a) en su fundador y su jefe, que es fuente de toda santidad; b) en su doctrina: los dogmas que enseñe, los preceptos que imponga, los sacramentos que administre, el culto que tribute a Dios, todo ha de respirar santidad y ha de conducir a ella; c) en sus miembros: todos deben ser llamados a la santidad y poseer los medios de llegar a ella; y si es verdad que no todos ellos vana ser santos, es preciso que éstos no falten nunca en la verdadera Iglesia.

3) La catolicidad: La catolicidad o universalidad de la Iglesia de Cristo puede ser considerada cuanto a la doctrina, cuanto al tiempo y cuanto al lugar. Será católica cuanto a la doctrina, si conserva en toda su integridad y pureza la doctrina que recibió de Jesucristo. Será católica cuanto al tiempo, si subsiste sin interrupción desde su origen hasta el fin de los siglos. Será católica cuanto al lugar, si se difunde por todos los ámbitos del mundo. La catolicidad de doctrina se reduce a la unidad y la de tiempo a la apostolicidad; en consecuencia, sólo hay que tener en cuenta, aquí, la catolicidad de lugar, acerca de la cual no ofrecen ninguna duda las palabras de Jesucristo a los Apóstoles: Me serviréis de testigos en Jerusalén, y en toda Judea y Samaria, y hasta los confines del mundo.

4) La apostolicidad: La Iglesia de Jesucristo ha de ser apostólica por tres motivos, a saber: a) por razón de su origen, ya que fue fundada por los Apóstoles por encargo especial de Jesucristo; b) por razón de la doctrina, la cual dejaría de conservar toda su pureza si no fuese la misma que predicaron los Apóstoles; b) por razón del ministerio, pues en virtud de la promesa de Jesucristo ha de ser gobernada por una sucesión no interrumpida de pastores que se remonte hasta los Apóstoles.

Afirmamos que la Iglesia romana, cuya cabeza visible es el Romano Pontífice, posee ciertamente estas cuatro propiedades, las cuales pasan a ser las notas características que la distinguen abiertamente de las restantes sociedades religiosas que aspiran al nombre de verdadera iglesia de Jesucristo.»

Extracto de El dogma católico de Cipriano Montserrat.


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