Homilía de Benedicto XVI en la Santa Misa Crismal

5 04 2012

Publicamos una serie de extractos de la homilía del Santo Padre en la Santa Misa Crismal en la que ha denunciado la desobediencia de ciertos sacerdotes, el creciente analfabetismo religioso en nuestra sociedad así como la importancia del celo por las almas. Con profunda tristeza constatamos que estos hechos que señala el Papa Benedicto XVI los encontramos también en nuestra Diócesis, donde constatamos diariamente que de forma generalizada se elude la enseñanza sobre los novísimos (muerte, infierno, purgatorio y cielo), la vida de gracia, la moral, etc., o incluso se enseña (o se deja que se enseñe dentro de los edificios eclesiales) doctrinas contrarias a la católica; que en nuestra tierra la ignorancia religiosa es creciente, incluso en cuestiones fundamentales de la Fe, e incluso -desgraciadamente- dentro de la propia feligresía que, en numerosas ocasiones sostiene posturas contrarias a la doctrina social de la Iglesia, por ejemplo en cuestiones morales como el aborto, la eutanasia, la sexualidad, etc.; y también constatamos, tantas veces, lo difícil que es encontrar un sacerdote para confesar, una Misa celebrada conforme a las rúbricas y con unción, etc. Por otro lado, ni ignoramos ni queremos negar la obra de muy buenos sacerdotes que, en un ambiente tan enrarecido y difícil, hacen todo lo que está en su mano por una recta restauración de la Santa Madre Iglesia.

Benedicto XVI

«Con esta pregunta, el Señor se pone ante nosotros y nosotros ante él: «¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con él, renunciando a vosotros mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que, por amor a Cristo, aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia?»

«¿Cómo debe llevarse a cabo esta configuración con Cristo, que no domina, sino que sirve; que no recibe, sino que da?; ¿cómo debe realizarse en la situación a menudo dramática de la Iglesia de hoy? Recientemente, un grupo de sacerdotes ha publicado en un país europeo una llamada a la desobediencia, aportando al mismo tiempo ejemplos concretos de cómo se puede expresar esta desobediencia, que debería ignorar incluso decisiones definitivas del Magisterio; por ejemplo, en la cuestión sobre la ordenación de las mujeres, sobre la que el beato Papa Juan Pablo II ha declarado de manera irrevocable que la Iglesia no ha recibido del Señor ninguna autoridad sobre esto. Pero la desobediencia, ¿es un camino para renovar la Iglesia? Queremos creer a los autores de esta llamada cuando afirman que les mueve la solicitud por la Iglesia; su convencimiento de que se deba afrontar la lentitud de las instituciones con medios drásticos para abrir caminos nuevos, para volver a poner a la Iglesia a la altura de los tiempos. Pero la desobediencia, ¿es verdaderamente un camino? ¿Se puede ver en esto algo de la configuración con Cristo, que es el presupuesto de toda renovación, o no es más bien sólo un afán desesperado de hacer algo, de trasformar la Iglesia según nuestros deseos y nuestras ideas?»

«Queridos amigos, quisiera mencionar brevemente todavía dos palabras clave de la renovación de las promesas sacerdotales, que deberían inducirnos a reflexionar en este momento de la Iglesia y de nuestra propia vida. Ante todo, el recuerdo de que somos – como dice Pablo – «administradores de los misterios de Dios» (1Co 4,1) y que nos corresponde el ministerio de la enseñanza, el (munus docendi), que es una parte de esa administración de los misterios de Dios, en los que él nos muestra su rostro y su corazón, para entregarse a nosotros. En el encuentro de los cardenales con ocasión del último consistorio, varios Pastores, basándose en su experiencia, han hablado de un analfabetismo religioso que se difunde en medio de nuestra sociedad tan inteligente. Los elementos fundamentales de la fe, que antes sabía cualquier niño, son cada vez menos conocidos. Pero para poder vivir y amar nuestra fe, para poder amar a Dios y llegar por tanto a ser capaces de escucharlo del modo justo, debemos saber qué es lo que Dios nos ha dicho; nuestra razón y nuestro corazón han de ser interpelados por su palabra.»

«Todo anuncio nuestro debe confrontarse con la palabra de Jesucristo: «Mi doctrina no es mía» (Jn 7,16). No anunciamos teorías y opiniones privadas, sino la fe de la Iglesia, de la cual somos servidores. »

«La última palabra clave a la que quisiera aludir todavía se llama celo por las almas (animarum zelus). (…) Nos preocupamos por la salvación de los hombres en cuerpo y alma. Y, en cuanto sacerdotes de Jesucristo, lo hacemos con celo.»

La homilía completa aquí.


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