La oveja perdida

17 06 2012

Sobre la oveja perdida por Fray Justo Pérez de Urbel

«(…) Una oveja, entre ciento, es poca cosa. Además, si se ha perdido, ¿no es de ella la culpa? Pero no razona de este modo el pastor. Imprudente o presuntuosa, la pobre va a  perecer entre las garras de los lobos, mientras las noventa y nueve están seguras en el redil. Y el Buen Pastor marcha solícito, recorre las montañas y los valles, examina los precipicios, mira entre los boscajes y en el interior de las cavernas, camina bajo la lluvia o bajo el fuego del sol, no le detiene el cansancio, hasta que al fin la divisa allá en el fondo del barranco. Es también la historia de la mujer que tiene diez pesetas y ha perdido una. En su casa, pobre y estrecha, apenas hay ventanas; por eso lo primero que hace es encender la candela, luego examina en los rincones, desplaza los muebles, barre cuidadosamente la casa, y he aquí que la moneda aparece y la mujer la coge, la mira una y otra vez, le quita el polvo, le devuelve su brillo primitivo, y, loca de alegría, da parte a sus vecinas del feliz acontecimiento.

Esto es lo que pasa entre Dios y el alma. Esta es la revelación consoladora del Corazón de Cristo. En la página siguiente el divino parabolista descubrirá en la figura del hijo pródigo el rasgo esencial de esa solicitud con que Dios persigue al pecador: el amor. Aquí nos deja ver, sangrante y palpitante, su Corazón compasivo, y hasta podemos decir interesado. El Buen Pastor obra por compasión; la mujer de los dracmas obra por interés. Ya sabemos que el Buen Pastor es Cristo, porque Él mismo nos lo dijo: “y el que está significado por el pastor -dice San Gregorio- está también figurado por la mujer; porque Cristo es Dios y es la sabiduría de Dios”. La sabiduría de Dios, añade San Agustín, había perdido su dracma, el alma del hombre, en que se veía la imagen del Creador. ¿Y qué hizo la mujer prudente? Encendió su lámpara. Quien dice lámpara, dice una luz en un vaso de arcilla. La luz en la arcilla, es la divinidad en la carne.

Todo eso vale un alma, aunque sea el alma de un esclavo. Aunque los fariseos se escandalicen. Dios la busca, se entristece cuando se pierde y se alegra cuando se encuentra, y en el Cielo los ángeles hacen fiesta por el hallazgo. Y el hombre, anonado, se pregunta con el poeta:

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?

Qué interés se te sigue, Jesús mío,

que a mis puertas, cubierto de rocío,

pasas las noches del invierno oscuras?»

Pérez de Urbel, extracto de Año Cristiano

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