San Juan Bautista

24 06 2012

San Juan Bautista, el último profeta

«Consagrado a Jehová desde su nacimiento, era un nazareno, un puro; nunca se había cortado el cabello, ni había probado vino ni sidra, ni había tocado mujer, ni había conocido otro amor que el amor de Dios. En aquella tierra maldita se vistió de austeridad y fortaleza; entre aquellas rocas graníticas, que parecían como el símbolo de su temperamento de hierro se le reveló con toda claridad su glorioso destino. Conocía muy bien las palabras que el ángel había dicho a su padre delante del velo sagrado: “Caminará delante de Dios, con el espíritu y la virtud de Elías, para llevar el corazón de los padres hacia sus hijos, para infundir a los incrédulos a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo perfecto.” Estas palabras, su nacimiento, su existencia toda, se iluminan ahora con la lectura de los Libros Santos. El profeta Malaquías le habla del mensajero que enviará el Señor para abrir los caminos del Mesias. El vidente Anatoth lleva hasta sus oídos los ecos de la voz que clama en el desierto: “Preparad los caminos del Señor; enderezad sus sendas: todo valle será levantado, y toda montaña allanada, y toda carne verá la salud de Dios”. El mensajero eres tú, le dice la voz interior; el reino de Dios se acerca, hay que domar el orgullo de los soberbios, hay que devolver la confianza a los que desesperan; hay que predicar la penitencia, la purificación, el cumplimiento de la ley.

Y un día, el solitario aparece en el valle de Jericó, junto a las aguas del Jordán, cerca del camino que cruzan las caravanas de Perea cuando van a Jerusalén. Alto, grave, medio desnudo, quemado el cuerpo por el sol del desierto, abrasada el alma por el deseo del reino, sus pupilas relampaguean, su larga cabellera flota por la espalda, espesa barba le cubre el rostro, y de su boca brotan palabras de maldición y espanto. Trae a la vez esperanzas y anatemas, consuelos y terrores. Su ademán avasalla, su presencia impone, su austeridad espanta, y una fuerza magnética se desprende de su mirada. Ante el acento de aquella voz, Israel se conmueve, renace una aurora de salud, se aviva la fe en el Libertador, pues ha de vengar al pueblo de Dios de todos sus enemigos, y las muchedumbres llegan ávidas de recoger las enseñanzas del último de los profetas. Juan las recibe frente al vado del río, y empieza a cumplir su misión de precursor. Fulmina, exhorta, consuela y bautiza. Anuncia el cumplimiento de las profecías, predice la próxima venida de Cristo, reprende a los pecadores y los sumerge en las aguas, simbolizando en la ablución externa el principio de la ablución interior.» Extracto de Año Cristiano de Fr. Justo Pérez de Urbel

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