Sobre el abandono del latín en la Iglesia

12 09 2012

El idioma de la Iglesia en decadencia

No cabe duda que el latín, el idioma propio de la Iglesia, se encuentra hoy en terrible decadencia. Si anteriormente era una lengua muerta pero, al mismo tiempo, usada por la liturgia y los filósofos católicos, hoy día es apenas conocida dentro de los propios límites eclesiásticos. Lo sorprendente es que esto ha pasado contrariando la letra del mismo Concilio Vaticano II que afirma en no pocas ocasiones que el latín es la lengua de la Iglesia, que se debe conservar y que debe formar parte de los estudios de los seminaristas. La realidad, sin embargo, es muy otra. Pero, ¿realmente es importante el latín? ¿Sucede algo realmente malo con la desaparición del latín en el seno de la Iglesia católica? Vamos a tratar de dar respuesta a estos interrogantes.

La sublimidad del latín

Sin unidad ningún ser puede subsistir. Sin una fuerza que unifique a sus diferentes partes y le de consistencia, cualquier ser se disolvería. De igual forma pasa en las sociedades, en las cuáles uno de los elementos de unidad, además de la autoridad política, es el lenguaje. La Iglesia, sociedad sobrenatural, posee un lenguaje especial, que se podría decir que, en cierto sentido, es reflejo de la eternidad de su Divino Fundador. Y parece participar de la eternidad precisamente por ser una lengua “muerta”. El latín ya no varía, no se ve influido por los cambios que el devenir del tiempo produce en las lenguas, al igual que Dios, que es eterno e inmutable. Pero pese a estar muerta sigue usándose para el discurrir filosófico y teológico en la Iglesia, además de ser el idioma con el que se rinde culto a Dios, el idioma que une a todos los católicos en el espacio y en el tiempo. Pese a estar muerta, vive y pese a vivir, sigue estando muerta. Al igual que Cristo resucitó, la Iglesia resucitó el latín y lo ha conservado, inmutable, perfecto, para sí misma.

El latín como vehículo del pensamiento católico

El latín siempre se usó en la Iglesia como el lenguaje más apropiado para la reflexión filosófica y teológica, por varios motivos. El primero y más importante es la precisión del latín. Con el mismo no hay lugar a dudas en lo que se quiere expresar. Más aún, no da lugar a problemas semánticos, cuando en latín se expresan ciertos términos se sabe a qué se está refiriendo, cosa que no siempre sucede en la lengua vernácula, donde se puede interpretar una misma sentencia de formas distintas. Es evidente la gran importancia de esto cuando se tratan temas dogmáticos o de grave importancia para la fe. Evitar el confusionismo es fundamental. Además, aunque lo diremos más adelante, el uso del latín permite un vínculo en la reflexión con todos los pensadores católicos del orbe sean del país que sean, y del tiempo que sean. Con el latín no existe necesidad de traducciones -y los problemas que éstas puedan dar- sino que podemos acceder directamente a la sabiduría de todos los hombres de Iglesia, más allá de las diferencias espaciales y temporales. Esa es la universalidad que la Iglesia fraguó con el latín y que, desgraciadamente, hoy está casi agotada. Miguel Poradowski lo expresa claramente: “cuando se habla del latín, se entiende por él no solamente el idioma, sino también todo el pensamiento histórico cristiano expresado en este idioma”.

Respecto a la precisión del latín Poradowski cita a Reinhard Raffalt: “No se combatía el latín porque ya no fuera práctico. Se combatía la vieja lengua porque se consideraba incómoda su tendencia a la claridad de ideas. Naturalmente, también en latín pueden decirse necedades, pero resulta más difícil encubrirlas. Quien toma en serio el latín puede ser patético, cínico, irónico, pero tendrá que esforzarse mucho para prestar a un pensamiento nebuloso palabras que no descubran al mismo tiempo que su latín es miserable. Para quien no ha llegado a entender la diferencia entre lo sustantivo y lo accidental antes de empezar a hablar, toda construcción latina acabará en un puro dislate. El temor a la lucidez de pensamiento, las dudas ante la capacidad de precisión de las palabras, éstos fueron los motivos, no confesados pero concretos, que llevaron al clero a refugiarse en las lenguas nacionales”. Semejantes apreciaciones se pueden encontrar en la imprescindible obra Iota Unum de Romano Amerio.

El latín como vínculo de unidad

Toda sociedad tiene un lenguaje que le sirve de vínculo de unidad. En la Iglesia es el latín. Cuando éste pierde fuerza y cobran preeminencia las lenguas nacionales, los vínculos de identificación universales se disuelven y se sustituyen por los nacionales, mucho más estrechos en tiempo y espacio. A los vínculos de identificación siguen los intereses, de forma que puedan desplazarse los intereses de la Iglesia, universales, por los políticos mundanos, regionales. Este desplazamiento quedó patente con la Reforma protestante que, entre las muchas causas que pueden aducirse, no puede negarse que el protestantismo renunció al latín y, en los países protestantes, la religión terminó subordinada al poder político nacional, hasta convertirse en un mero órgano del Estado. Semejante deslizamiento se puede ver cuando se subordinan los intereses de la Iglesia a los políticos, en España esto se ha constatado tristemente con la vinculación de parte de la Jerarquía a reclamaciones nacionalistas o independentistas.

En el mismo culto divino, el prescindir del latín fomenta la regionalización de la Liturgia, perdiendo ésta su universalidad, carácter singular de la Iglesia católica. Más sangrantemente cuando se vincula con reclamaciones nacionalistas o independentistas. La Liturgia de la Iglesia sirve entonces como vehículo de ruptura y separación, en vez de unidad, tal y como quería Cristo. Cuánto más hermoso y santo es poder adorar a Dios en el lenguaje no de mi Patria, sino en el que Dios ha querido ser adorado; un lenguaje universal, en el que ya no haya distinciones por nación dentro del seno de la Iglesia, donde en cualquier país un católico dentro de una iglesia se siente dentro de su hogar, con el lenguaje y las oraciones conocidas; dentro, en definitiva, de la Ciudad de Dios.

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